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Editorial
Sábado 07 de marzo de 2026
Máxima autoridad de la U. de Chile
La gestión actual ha tenido aciertos, pero no parece haber logrado cambiar el rumbo de la universidad.
Comienza a tomar forma el proceso de elección del futuro rector o rectora de la Universidad de Chile, que se realizará en mayo próximo. La prorrectora Alejandra Mizala acaba de dejar su cargo para buscar una candidatura. Se suma así al decano de la Facultad de Derecho, Pablo Ruiz-Tagle. Este se ha manifestado crítico de la gestión de la rectora Devés y se anticipa que Mizala será una candidata de continuidad. Es muy probable que en las próximas semanas se sumen candidatos con otros matices. Con todo, sería un error plantear la discusión en esos términos. La futura autoridad, toda vez que puede estar por dos períodos al mando de la universidad, marcará seguramente la manera en la que la casa de estudios se aproximará a sus 200 años de historia en 2042. Esta elección debe ser, entonces, una oportunidad para proyectar con ambición la universidad.
La gestión actual ha tenido aciertos, pero no parece haber logrado cambiar el rumbo de esa casa de estudios. A partir de la calidad de sus académicos, de las habilidades de sus estudiantes y de la fuerza de su tradición cabría esperar mucho más de ella, en particular que tuviese un liderazgo claro en la región latinoamericana y se insertara con más rapidez en la élite mundial. Por cierto, el país no dispone quizás de los recursos para potenciar más a sus mejores instituciones de educación superior, pero el proyecto de la Universidad de Chile no siempre es claro y cuesta dilucidar sus propósitos de largo plazo. Por ejemplo, el Plan de Desarrollo Institucional vigente (2017-2026) contiene objetivos estratégicos muy generales y luego estrategias y objetivos específicos bastante planos, sin metas ambiciosas.
Sus académicos parecen aspirar a un proyecto con una orientación más nítida y desafíos mayores que precisamente acerque a la Universidad de Chile a las mejores experiencias de instituciones estatales, pero por distintas razones ello no se concreta. Entre otras, quizás mucha tolerancia con acciones dañinas que se promueven desde su interior, como tomas estudiantiles, que en todo caso han disminuido; una nostalgia por una gestión triestamental de la universidad, a pesar de que es una rara ocurrencia entre las mejores universidades estatales del mundo; una mala comprensión de su papel en asegurar un acceso más equitativo de los estudiantes a sus aulas, y una confusión, en ocasiones, del rol público al que aspira con uno político. Todo ello parece distraer su proyecto más fundamental y, contrariamente a lo que ella espera, le hace perder liderazgo nacional.
Esta elección es una oportunidad, entonces, para que la Universidad de Chile reflexione, camino a los dos siglos, sobre, por ejemplo, la formación de sus casi 38 mil estudiantes de pregrado en un mundo de cambios acelerados; la alta heterogeneidad que aún exhibe en sus niveles de investigación; las dificultades para asegurar mayores niveles de innovación que complementen la investigación; una vinculación con el medio de mayor impacto y que le permita, además, aprovechar mejor a sus exalumnos, y un posgrado de alto nivel que sea capaz de atraer a excelentes estudiantes de otras latitudes. Si se generan en este proceso proyectos interesantes en estos ámbitos, la elección no solo será virtuosa para la Universidad de Chile, sino también para el país.