No son pocos los exalumnos con los que me he topado en las últimas semanas estivales y que me han manifestado con entusiasmo: “¿Sabe? Me voy a trabajar al gobierno” (otros tantos son ya parlamentarios).
No todos ellos, ciertamente, pero sí una proporción importante, forman parte del tronco gremialista, de esa cadena de generaciones que Jaime Guzmán describiera casi 40 años atrás como “un movimiento generacional nutrido de ideas, valores y testimonios, que conforman ese estilo singular que nos honra y nos distingue”. Quizás alguno de los que me he encontrado conoció a Guzmán; la inmensa mayoría, no. Pero en todos los que se sienten identificados con la impronta gremialista, late una especial ilusión por involucrarse en esta nueva tarea de servicio a Chile.
Fue hace 60 años, en marzo de 1966, cuando Jaime Guzmán fundó, en Derecho de la Universidad Católica, el nuevo Movimiento Gremial —había habido otros en tiempos cercanos— para extenderlo un año después a toda la Universidad, y desde ella a todo Chile. Han pasado 60 años, y hoy, con asombro y gratitud, los más viejitos contemplamos la nueva hornada de mujeres y hombres, jóvenes profesionales y técnicos, que nos conmueven por su generosidad.
Son gremialistas que militan en la UDI; los hay que pertenecen al Partido Republicano; uno que otro ha preferido RN; y, por supuesto, muchos son independientes, pero todos pasaron por esa gran escuela de formación para el servicio que han sido los Movimientos Gremiales a lo largo de todo Chile. Bien podrían relatar sus experiencias de aquellos años el Presidente Kast, variados ministros, subsecretarios y otros importantes colaboradores de la nueva presidencia, y así sucesivamente, hasta el más joven de quienes experimenten el 11 de marzo un especial temblor ante la gran responsabilidad que van a asumir.
Servicio. Qué claro lo dejó Guzmán: “Somos eso; servidores siempre imperfectos —pero también siempre perseverantes— de principios conceptuales sólidos y de valores morales objetivos y graníticos”.
En esa dimensión hay que moverse. Por eso, cuidado. Que ni uno solo de los gremialistas que asuman tareas de gobierno vaya a incurrir y perseverar en alguno de los errores más típicos de los grupos con fuerte identidad: una tendencia a la mentalidad de secta que, aprovechando los vínculos preexistentes, tienda a marginar a quienes no vienen del tronco común; una equivocada presunción de sabérselas todas y, por lo tanto, un abandono de la propia formación; una mentalidad en extremo combativa, propia de los conflictos universitarios, pero inadecuada para servir a todos los chilenos desde el aparato estatal o desde el Poder Legislativo. Dicho de manera clara, clarita: que por ningún motivo se replique una soberbia frenteamplista entre los gremialistas.
Les ayudará, ciertamente, recordar que este es un Año Guzmaniano, ya que el 1º de abril próximo conmemoraremos los 35 años de su asesinato, y que el 28 de junio, el líder gremialista habría cumplido 80 años. Así se han alineado los astros para que las generaciones que comienzan esta maravillosa aventura de recuperar Chile, puedan contar —entre otros, ciertamente— con un marco de referencia muy exigente: la vida y la muerte de Jaime Guzmán en la historia nacional.
Parece como si Guzmán, visionario siempre, hubiese pensado hace 40 años en este momento concreto del 2026 cuando nos dijo. “Somos un movimiento generacional que ya ha dejado su impronta en la historia de Chile, y que hoy renueva su voluntad de seguir profundizándola”. Qué tremenda responsabilidad la que les espera en el día a día a todos esos queridos gremialistas: concretar el legado real de Guzmán.