Genio y figura hasta el final, el Presidente de la República volvió a predicar esta semana sobre uno de sus temas preferidos: la política exterior. Sus palabras volvieron a evidenciar que nuestro posmoderno mandatario cree que la realidad se construye por medio del relato, no que este deba referir a la realidad.
¿Cómo se entiende, si no, que quien por cuatro años ha conducido las relaciones internacionales con personalismo indisimulable sostenga muy suelto de cuerpo que impulsó una política exterior de Estado que es necesario continuar en el tiempo?
Desde que acusó injustamente al rey de España, Gabriel Boric ha basado su política exterior en sus inclinaciones y gustos. Los ejemplos abundan: los desaires a Israel, las repetidas críticas a Estados Unidos y Donald Trump, la descortesía con Javier Milei, el distanciamiento con Perú, la designación de funcionarios cuestionables, el inconsulto respaldo a la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU, la realización de la “Cumbre por la defensa de la democracia” solo con líderes de izquierda. En esas y otras ocasiones, el presidente subordinó el interés nacional a su voluntad individual.
Sin embargo, el caso del cable chino va más allá. Aquí no parece haber solo el habitual personalismo chapucero al cual nos acostumbró este Gobierno. Es cierto que las versiones contradictorias con que se ha abordado este episodio ratifican el ya conocido patrón de amateurismo distintivo de esta administración. Sin embargo, además de eso, esta vez resulta llamativo que un proyecto de esta envergadura e importancia se llevara adelante con tal nivel de secretismo y urgencia.
Si no es por la disruptiva intervención del Departamento de Estado norteamericano, el interés nacional hubiera quedado comprometido debido a una gestión oscura impulsada entre gallos y medianoche por un gobierno que, una vez expuesto, no trepidó en omitir información clave, faltar a la verdad y tratar de salir del paso recurriendo a una narrativa emocional y trasnochadamente antiimperialista.
Varios expertos se apresuraron a sostener que la acción norteamericana constituye más un mensaje para el Presidente electo que para el mandatario en funciones. Pero lo verdaderamente importante es que el secretario de Estado y el embajador norteamericano evitaron un gol de último minuto de la administración Boric, que al parecer no era tan ingenua ni buenista como su retórica parece sugerir. Porque lo que se estaba haciendo, de espaldas a la opinión pública y a toda velocidad, tiene poco de idealista o bien intencionado: el proyecto suponía un negocio multimillonario que otorgaba de manera directa una concesión por 30 años a una compañía estatal china. Un decreto con obvias consecuencias geopolíticas firmado a media luz por un ministro que luego se hizo la víctima. Una aprobación fast track que habría vinculado infraestructura crítica con una de las dos grandes superpotencias en competencia global, acercando al país a uno de los bandos en disputa y poniéndolo en abierta contradicción con el otro. Además de constituir, por supuesto, una sorpresa envenenada para la administración entrante, que se enteró por la prensa.
Tanta opacidad y apuro despiertan un sinnúmero de interrogantes. Es necesario saber qué tipo de interés llevó a La Moneda a conducirse de la manera en que lo hizo, sacando a Cancillería del proceso y dejándolo en manos de una Subsecretaría de Telecomunicaciones controlada por el PC. ¿Fue el deseo del Presidente de propinarle un golpe a Estados Unidos? ¿Un afán infantil por tenderle una trampa al gobierno de Kast? ¿La vinculación comunista con China? ¿Otro tipo de incentivos? Durante años, muchos hemos criticado que la administración Boric fue inepta e indolente. Esta vez, sin embargo, la cosa es distinta: todo apunta a que quisieron pasarse de vivos y salieron trasquilados.