El Presidente estadounidense, Donald Trump, parece haber lanzado la que es, hasta ahora, su apuesta militar más arriesgada al coordinar un ataque aéreo masivo con Israel contra el régimen de Irán, desatando una guerra que tardó minutos en repercutir en otros países de Medio Oriente.
A diferencia del bombardeo contra instalaciones de enriquecimiento de uranio de junio pasado, la operación “Furia Épica” tiene un objetivo más ambicioso: poner fin a una teocracia radical que por años auspició el terrorismo —desde Beirut a Buenos Aires—, alimenta con drones la maquinaria bélica rusa en Ucrania, vulnera los derechos de las mujeres y que, recientemente, asesinó a miles de opositores en las calles.
El momento escogido busca capitalizar esto último ya que, como afirmó el propio Trump, se trata de una oportunidad “única en décadas” para los iraníes de deshacerse de un régimen que tambalea: carece de defensas antiaéreas tras los ataques previos de Israel; su alto mando militar fue eliminado; y sus socios rusos y chinos, prestos para expresar solidaridad, no lo son para comprometerse (como bien podría atestiguar Nicolás Maduro). Además, su marina, que solía amenazar el estrecho de Ormuz, estaría siendo borrada del mapa; por lo tanto, a los ayatolás solo les quedaba ensañarse con sus propios ciudadanos.
El problema es que el historial de Estados Unidos respecto a los cambios de régimen que ha incitado en el “Gran Medio Oriente” (que incluye el norte de África y parte de Asia Central) no es alentador; para el caso, basta recordar Irak, Libia y Afganistán. Si Washington podrá provocar tal quiebre en una nación de 90 millones de personas empleando únicamente el poder aéreo es algo aún incierto. Por esto, es difícil aventurar un escenario en una región que tampoco es fértil para la democracia. Básicamente, la Casa Blanca debe estar apostando por un gobierno que no sea hostil, se mantenga contenido y carezca de armas nucleares.
Aparte de la subida del precio del petróleo con sus presiones inflacionarias (mala noticia para la economía), este conflicto confirma que Chile —y, especialmente, el próximo gobierno de José Antonio Kast— asumirá en uno de los momentos más complejos del escenario internacional en décadas. Por si fuera poco, el Presidente Gabriel Boric le hereda una tensión inédita con Washington que también involucra a China, debido a un proyecto de cable submarino de fibra óptica. Este episodio evidenció la falta de cálculo estratégico y la permeabilidad a las influencias de quienes aún creen que el comercio y la tecnología son neutrales cuando las potencias exigen alineamiento.
Kast tiene previsto asistir el próximo sábado a la cumbre “Escudo de las Américas”, donde Trump recibirá a mandatarios afines de la región. Será difícil no interpretar esa reunión como una muestra de respaldo con un Irán aún en llamas, lo cual otorgará una bandera de lucha a la futura oposición, hoy enredada por el rol de funcionarios comunistas en el llamado Cablegate.
Se trata de una tarea formidable para el equipo de política exterior del nuevo gobierno y un desafío para que el país logre navegar en este nuevo mundo, donde el margen de maniobra parece reducirse cada día. A estas alturas, cualquier advertencia a “cuidarse de los idus de marzo” parece llegar demasiado tarde.
Juan Pablo Toro Analista geopolítico e investigador sénior asociado de AthenaLab.