Cuando uno se va del sur, corre el riesgo de creer que se ha ido, pero lo más probable es que el sur te siga adonde vayas, y te agarre —como el viento norte— de pronto por la espalda la nostalgia del sur, esa enfermedad incurable que Neruda y Teillier y Juvencio Valle y tantos padecieron y que trataron de calmar con poesía, con canto.
Nostalgia en griego: “nostoi”, regreso, y “algia”, dolor. Dolor por regresar. Miro por mi ventana a los queltehues y bandurrias en nuestro patio: ¡cómo gritan los queltehues, como levantando alarmas de algo que ocurrió o va a ocurrir! Y las bandurrias, qué pájaros tan antiguos, con esos picos largos, curvados hacia abajo, guías de inframundos.
Miro también a los dos volcanes que me han acompañado estos últimos años, el Calbuco y el Osorno: dioses dormidos que nos impelen a algo grande. La invitación que nos hacen, no cesa: “¡levantad vuestra carpa bajo los volcanes!”. Y no puedo dejar de expresar gratitud por la lluvia que, a pesar de todos los pronósticos, no dejó de hacerse presente, de crear música en los techos de zinc, de limpiarnos por dentro y por fuera.
Aquí aprendí a recoger la interpelación del invierno. Y del lago Llanquihue, que también es mar. ¡Y la fragancia embriagante de la selva fría, la iniciación que supone toda inmersión en el bosque chileno! Hace pocos días caminamos debajo de ulmos majestuosos que llenaban de pétalos blancos el río. Y vimos a nuestros hijos abrazando árboles. Me quedo con los notros encendidos de rojo en la primavera, esos “árboles de fuego”.
Y con el viento, que a veces nos sorprende con velocidades inusitadas, que nos repliega, pero que también nos envuelve y nos hace temblar, como si el espíritu mismo nos visitara.
La cocina a leña estuvo siempre ahí, ella se llama “hogar”, el lar de las casas de madera y el mate cerca, el té o el café para suscitar conversaciones con otro tiempo que el de las megápolis: el dulce y lento “kayrós” del sur.
Le debo tanto a este sur y él no me debe nada; mi corazón, mis oídos, mi vista se limpiaron aquí, aquí pude “lavar los pensamientos”. Y no me di cuenta: porque uno no se da nunca cuenta cuando está en el Paraíso. Uno relata el paraíso cuando lo ha perdido.
El sur no es solo paisaje, el sur son sobre todo miradas limpias, gestos generosos, lámparas humanas, manos gastadas y renovadas por la tierra, sentido común, pan caliente preparado día a día y la reunión mágica de los comensales en torno a la mesa.
El sur es sobre todo paisaje de personas, que regalan humanidad, la que hoy tanto escasea.
Víctor, el ángel de una farmacia de barrio; don Silvio y su taxi fiel y su puntualidad inquebrantable; Hardy e Isabel, su “Palas Atenea”, amándose y soñando en Tenglo; Yuri y Anita, maestros de la amistad; Monic, dulce como sus dulces sureños, y Pablo, el alquimista del espíritu de las cosas.
Don José, el mago de las fosas; Camila, Florencio y sus payas hermosas y su Beatriz; Ziley y su “inche” de luz; Pepa, Mora y sus grabados vivos; Yoya y Pedro, entrañables; Guillermo, filosofando en días fríos; Verena y Guido y los profes sureños Richi, Valent, Miss Cate y Kate.
El cura Juanma y sus lúcidas prédicas; Angélica y su voluntad de navegar con una galería de arte contra viento y marea; Felipe Concha y la biblioteca imposible que soñamos; Antonia y Emilia y sus irrupciones del sur, y Óscar y Felipe y nuestros buenos vecinos de Molino Viejo, y tantos, tantos otros a los que no alcanzo a nombrar y a los que cuesta tanto despedir. Porque en el sur no se dice “adiós”, sino “siempre” o “nunca jamás”, cuando un desconocido silba en el bosque o cuando la niebla es tan densa que entendemos lo irreal que es nuestra existencia.
“¡Ah, sur, qué me dices, de qué estás hablando, qué son estas divagaciones, vente a cebar un mate con nosotros, allégate aquí junto al fuego, cállate un poco y ven a escuchar la lluvia!” —me dicen. Y, de pronto, oigo el canto del chucao en el sotobosque, curioso y fiel, diciéndome al oído: “siempre volverás”.