Vivimos un tiempo extraño: discutimos el futuro con categorías del pasado. La política se ha vuelto un combate entre memorias, no entre proyectos. La izquierda, golpeada por la muerte de sus grandes promesas, se refugia en una nostalgia peculiar: no añora lo que fue, sino lo que pudo haber sido. Una sociedad sin clases, igualitaria y laboriosa, aparece como un futuro idealizado que hoy apenas funciona como consuelo. La administración que en estos días concluye vivió suspendida de lo que pudo ser; una nueva Constitución. Pero no fue. Corre el riesgo, por lo mismo, de terminar sin dejar rastro de futuro.
Mas, el clima post utópico no es un síntoma puramente progresista. La derecha vive su propia versión: la restauración. No es la melancolía por un sueño caído en desgracia, sino el deseo de revivir un pasado idealizado, ordenado y moral. Un mundo, sin embargo, innombrable —porque nombrarlo obliga a asumir los costos— en el que la democracia era “protegida”, el conflicto social era sospechoso y la crítica se leía como desorden.
El anhelo del presente apunta a la recuperación de un orden autoritario: familia y tradición en el centro, seguridad y vigilancia panópticas, roles jerárquicos claros, cada persona y cada clase social “en su lugar”. Y, junto con este ideal, una promesa económica: un Estado al servicio de los “animal spirits” liberados para acelerar los mercados y elevar la productividad. Restaurar sería, entonces, volver a cuando la política no interrumpía la economía y la sociedad no interfería en la autoridad.
Nostalgia y restauración comparten una misma imposibilidad: imaginar un futuro que sí se nos viene encima. Ambas se alimentan del temor —miedo al torbellino del presente (¡la modernidad!), a la incertidumbre que genera la democracia, a la revolución permanente que genera un capitalismo schumpeteriano—. Y, a cambio, ofrecen salidas emocionales: la ilusión de un futuro reflejado en el retrovisor o la seguridad de un estado excepcional metamorfoseado en una emergencia permanente. En esta confusión de los tiempos, a las puertas de nuestros infiernos locales, somos invitados a abandonar cualquier esperanza.
La pregunta incómoda es qué hacer con ese doble repliegue. Si las izquierdas quieren dejar de administrar la nostalgia, necesitan restaurar una utopía concreta; un futuro posible en un mundo que parece girar fuera de su órbita, atraído hacia dos polos negativos: MAGA de Trump y la Ruta de la Seda de Xi. Por su parte, si las derechas pretenden ser algo más que restauración (¡esa complicidad pasiva!), deben aceptar que los conflictos del pluralismo y la diversidad no son mero desorden, sino la condición de ser de la modernidad.
Es el futuro que no logramos imaginar el que nos empuja hacia el pasado: para reinventar lo que no fue o para traer al presente lo que nunca debió ocurrir.