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Cartas
Jueves 26 de febrero de 2026
Arrogancia y diplomacia
Señor Director:
Toda actitud responde principalmente a conocimientos, emociones y patrones habituales de comportamiento. La actitud actual de la política exterior de Estados Unidos parece ser un mecanismo de defensa que responde al conocimiento de la propia debilidad ante dos indudables crisis. La primera es la deuda que parece impagable, y pone en peligro la estabilidad de su moneda, cuyo solo respaldo es la confianza que se pueda tener en su valor. La segunda, que por primera vez en 100 años se ve enfrentado a otro poder, que en algunos aspectos es ya más fuerte y está debilitando su dominio sobre el mundo.
Que se haya vuelto prepotente es una señal de debilidad, pues revela el grado de peligro que les asigna, y el de su desesperación por mantener su imagen de fuerza. El senador Fulbright llamó “arrogancia del poder” a la irresistible atracción que la violencia suele ejercer sobre quienes poseen la fuerza para ejercerla. Eso les lleva a priorizar el dominio sobre la negociación, haciendo difíciles las soluciones consensuadas. La emoción resultante de ello es negativa, y lógicamente causa un estrés que la incrementa.
Los patrones de comportamiento tradicionales de la política extranjera de los EE.UU. se caracterizan por una mezcla de idealismo: la creencia en su destino manifiesto, el mandato divino de imponer su dominio al mundo para mejorarlo, y de realismo: la defensa de los intereses nacionales manteniendo la mejor relación de fuerza, de poder, para intervenir donde fuese necesario. Esto define sus alianzas, y según Kissinger, si ser enemigo de EE.UU. puede ser peligroso, ser su aliado es fatal. Ya lo descubrió Dinamarca, y ahora le ha tocado a nuestro país.
Esta situación obliga a ser preciso y factual, a buscar alianzas que permitan nivelar la cancha, o a ceder en todo como ya proponen algunos.
Jorge Schaerer Contreras