Ambos prometieron felicidad, pero si unos creyeron conseguirla por medio de la virtud, los otros lo hicieron por vía de los placeres, tal si se tratara de caminos opuestos y que se excluyen entre sí. Por lo mismo, se trata de un buen y antiguo ejemplo de doctrinas rivales —más aún, opuestas—, cada una de ellas con sus propios maestros —antiguos griegos y romanos—, disputándose a quienes podrían ser fichados como discípulos de unos u otros. Sin embargo, y salvo casos extremos, y posiblemente patológicos, algunos estoicos y epicúreos cortaron por lo sano: aquellos no rechazaron todo placer, mientras los segundos supieron entregarse a los placeres de manera selectiva.
El objetivo de tales doctrinas es el mismo —la esquiva e improbable felicidad—, aunque, y según mi parecer, no sería factible conseguir esta por un solo y único camino, sino combinando ambos en las dosis apropiadas. No se trataría de optar entre uno y otro, sino de juntar los caminos. Híbridos, anfibios, póngaselo como se quiera, y lo ideal sería tomar lo mejor de la vida y no ir por esta como si todos estuviéramos hechos de una sola pieza: o virtud o placer.
Convengo que no es esta la manera habitual de plantear las cosas, puesto que estoicos y epicúreos, cada cual por su lado, se enfrentaron en la antigüedad como hinchas que rivalizan en un clásico en el que tiene que haber un solo ganador, llevándose la rechifla del equipo contrario. En especial, los estoicos latinos parecieron cerrarse a una sola banda y, prestigiosos e influyentes como fueron, postularon únicamente la virtud como camino a la felicidad, o, cuando menos, la contención necesaria para saber qué cosas se podrían cambiar y cuáles serían las que, signadas por la fatalidad, tendríamos que tolerar y resignarnos a pasar por ellas.
Tal sería, por ejemplo, el caso de la muerte como término inevitable de la vida. Porque, ¿qué sentido podría tener para un estoico lamentar inconsolablemente el hecho de que todos vamos a morir? Todavía más, no faltan antiguos estoicos que llegaron a serlo, y hasta a enseñar su doctrina, solo después de padecer alguna desgracia mayor y sin vuelta, como el naufragio de su navío, por ejemplo; o la muerte de una hija; o la pérdida del favor de un antiguo emperador, con el consiguiente daño para el prestigio, influencia y riqueza del personaje caído en desgracia.
La reciente pandemia podría ser la causa del resurgimiento estoico de nuestros días, casi todo un boom, mientras que, llegados a la vejez, el epicureísmo se batiría en retirada, aunque no por virtud sino por indicación médica.
Pero mi punto es este: también ha habido y existen todavía estoicos que no se comportan como si vivir bien y alcanzar la felicidad consistiera únicamente en hacer méritos, como hay también epicúreos que se frenan al darse cuenta de que el exceso de placer podría ocasionarles un displacer o algún inconveniente que querrían evitar.
Ni estoicos ni epicúreos tendrían que llevar las cosas a un extremo y podrían apuntarse a uno de esos ajustes o arreglos que es posible hacer entre preferencias que se presentan como opuestas. No se trata de andar fomentando la incómoda experiencia de los sentimientos encontrados, sino de practicar un modus vivendi más bien híbrido, mixto, combinado. Tampoco es cuestión de propiciar un empate, porque siempre estaremos más cargados de un lado que del otro, ni menos de creer que se trata de dos cuasi religiones, a una sola de las que sería preciso convertirse, renegando de la otra.