No se entiende del todo la molestia de monseñor Fernando Chomali por la rutina de Kramer en el Festival de Viña. Allí este último cantó canciones religiosas (o, más bien, canciones de las que se cantan o cantaban en misa, que no es lo mismo) e hiló frases del misal que el público completaba.
El cardenal consideró que todo eso era una falta de respeto.
Pero, bien mirado, lo que ese acto reveló fue una característica de la catolicidad que es producto de la manera en que ella se ha practicado.
Veamos.
Las canciones que entonó Kramer no eran propiamente religiosas o parte de la música sacra, sino producto del esfuerzo (largamente desplegado por la Iglesia Católica) por atraer a jóvenes y nuevos fieles por la vía fácil y sencilla de entonar música más o menos pop, al extremo, incluso, de que muchos sacerdotes, en sus encuentros con jóvenes, asumían, o todavía asumen, el papel de un animador de masas más que de un cura. El fenómeno es habitual desde hace décadas y uno de sus momentos cúlmine lo fue la parroquia universitaria donde el guitarreo de canciones de moda, sumado a ideas generales de justicia social, acompañaban, o todavía acompañan, el credo propiamente religioso. Ninguna de esas canciones permitía asomarse a lo numinoso (como R. Otto caracterizaba la experiencia religiosa), sino que eran formas más o menos fáciles de conexión emocional que se confundían con lo anterior. El guitarreo que hace guiños a lo que se escucha en los medios masivos es un producto más o menos estandarizado, y su imitación, por más que su letra haga esfuerzos por aludir a motivos litúrgicos, no es propiamente religioso.
Lo que ocurrió entonces en medio del show del humorista no fue sino la confirmación de lo anterior: las canciones entonadas por Kramer, o las frases que el público completaba, no tenían nada de religioso, porque nunca lo fueron genuinamente. Eran productos pop, reiterados una y otra vez como un resultado del proselitismo fácil confundido con evangelización. Cuando las personas reunidas en Viña entonaban esas canciones o completaban las frases originalmente litúrgicas, revelaban algo más profundo que la Iglesia no debe desatender: cuando a la fe o al credo se los difunde por medios fáciles, exentos de cualquier esfuerzo genuino, mediante formas o canciones conectadas con la experiencia del entretenimiento, acaban confundiéndose con este último.
Así entonces, lo que ha ocurrido en Viña y que desasosegó a monseñor Chomali es un asunto de largo alcance que no se relaciona tanto con el respeto debido al credo religioso como a la manera en que este último ha pretendido ser expandido y practicado, confundiendo adhesión emocional con la experiencia religiosa, expandiendo y difundiendo la primera por medios relativamente fáciles, y arriesgando dejar fuera, como consecuencia de esa confusión, a la segunda.
Joseph Ratzinger, entonces cardenal, y luego Benedicto XVI, llamó a esa manera de practicar el culto católico “una forma sociológica de comprender la liturgia”. Ella consistiría en verla ante todo como una experiencia comunitaria, animada por una experiencia emocional compartida, que descuidaba el hecho de que para un católico la liturgia es un misterio recibido, no entregado a la voluntad, ni sostenido por la entretención.
No hay que extrañarse, pues, de que esa comprensión sociológica de la liturgia —presente mucho tiempo en las comunidades de vida cristiana y, es probable, aún predominante— pueda acabar transformando lo que se estima religioso en coros de moda en el fin del verano.
Carlos Peña Esta columna fue escrita para El Mercurio de Valparaíso