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Cartas
Miércoles 25 de febrero de 2026
Boric y la política exterior
Señor Director:
La política exterior de Chile ha sido, por décadas, una política de Estado: un conjunto de acciones coherentes que trascienden gobiernos, permitiendo prever con claridad la conducta del país en el concierto internacional. Ese trabajo serio, fundado en la comprensión de nuestra posición geopolítica y en el profesionalismo de nuestra diplomacia, ha sido clave para resguardar el interés nacional.
A propósito de la polémica por el cable submarino con China y la supuesta “sorpresa” frente a Estados Unidos —que a estas alturas parece, a lo menos, fingida—, conviene recordar que en 200 años de relación hemos atravesado momentos complejos, resueltos sobre la base del respeto y de liderazgos conscientes de su responsabilidad.
Un ejemplo ilustrativo ocurrió en 2003, cuando Estados Unidos impulsaba en el Consejo de Seguridad de la ONU la intervención en Irak. Chile integraba ese órgano como miembro no permanente. Bajo la conducción del presidente Ricardo Lagos y la ministra Alvear, y el trabajo de nuestra Cancillería, el país sostuvo una posición propia y votó en consecuencia. Aquella decisión se adoptó en diálogo directo entre el presidente Lagos y el presidente George W. Bush, así como con el secretario de Estado Powell. A pesar de la discrepancia, primó el trato franco, respetuoso e inteligente entre los mandatarios, pese sus diferencias incluso ideológicas. Primó el interés mutuo.
La solidez de esa relación quedó demostrada cuando, meses después, se firmó el Tratado de Libre Comercio —vigente desde 2004— y Bush visitó Chile en el marco de APEC.
Cabe preguntarse: ¿Qué habría ocurrido si Lagos hubiese desairado públicamente a un secretario de Estado? ¿O si hubiese optado por la descalificación personal en vez del diálogo directo con la Casa Blanca o no hubiese recibido llamados telefónicos?
La lección es clara: lo que hoy está en juego no es solo un proyecto de inversión ni un problema de seguridad, es impericia y estulticia.
La política exterior no se conduce con aspavientos ni declaraciones impulsivas, menos aún con gestos permanentes de agresión y berrinches. Defender el interés nacional no implica someterse a nadie, pero sí actuar con sobriedad, coherencia y visión de largo plazo.
José Gabriel Alemparte Mery
Abogado