La novelista canadiense Margaret Atwood (1939) ha estado muy presente últimamente. Hace poco publicó Book of Lives (“Libro de vidas”), sus memorias. Lo escogió Dua Lipa para su célebre Club de Libros virtual, desde donde le hace una contundente entrevista. Hablan mucho de El Cuento de la Criada, la gran novela distópica, no solo porque recién cumplió 40 años, sino porque Atwood, en 1985, parece haber previsto, con intuición de bruja, mucho de lo que ocurre hoy en Estados Unidos.
El Cuento de la Criada describe una feroz dictadura teocrática que se impone en Nueva Inglaterra en “un futuro próximo”. La novela está dedicada a Mary Webster, antepasada de Atwood, falsamente acusada de brujería en Salem, en 1683. No es por nada. Atwood siempre se había preguntado si una dictadura cruenta podía darse algún día en Estados Unidos, y en El Cuento de la Criada la imagina con raíces en el siglo diecisiete, en esas sociedades ultrarreligiosas e intolerantes, creadas por los inmigrantes puritanos de esa época. Raíces antiguas, pero con notables ecos actuales, porque la dictadura que inventa Atwood hace 40 años exhibe características visibles en los Estados Unidos de hoy.
En la novela, la dictadura parte con nada menos que un asalto al Capitolio. Cierran el Congreso y suspenden la Constitución. Muchos tratan de escaparse a Canadá. Pero la emigración —sí, la emigración, no la inmigración— se ha prohibido. Las mujeres que tratan de emigrar son retenidas en un estadio porque hay una grave crisis de natalidad, y urge retener a las que son fértiles para que, como “criadas”, se dediquen a procrear.
La nueva sociedad pretende reimponer “valores tradicionales”. Se prohíbe el adulterio, el divorcio y el aborto. Los matrimonios son concertados, para que las mujeres disfruten de más “igualdad”: ya no serán sometidas a la tiranía de la selección, ya no tendrán que ser atractivas para encontrar pareja. El Poder Judicial es subordinado al Ejecutivo. Para cualquier desmán hay pena de muerte. Todo, para superar la “decadencia liberal”.
Para acceder a los nuevos valores tradicionales (valga el oxímoron), cada individuo tiene que renegar de su pasado, hasta de su nombre. Todo es borrón y cuenta nueva; y de “tradición”, queda solo la que le conviene a la dictadura. Solo a las capas más altas se les permite leer libros, en un sistema de castas que se va creando. La nueva sociedad, ferozmente anti-intelectual, se llama Gideon o Gedeón, y su capital está en lo que era Cambridge, Massachusetts. La prensa libre es eliminada. Las universidades son clausuradas, recordándonos, con 37 años de anticipación, ese famoso discurso que pronuncia J. D. Vance en 2021, con el título “Las universidades son el enemigo”. Pero la infraestructura universitaria algo sirve. La policía secreta ocupa la Widener, la antigua biblioteca de Harvard. De allí salen policías matonescos a detener a gente en las calles. Los llaman los Eyes, Ojos. No Ice; Eyes, aunque se pronuncie casi igual. Y las mujeres convertidas en “criadas” son forzadas a concebir los vástagos de los comandantes con mujeres infértiles. Desde luego, son estas las que se quedan con los recién nacidos, como si ellas los hubieran parido.
Hay desde 2017 una serie de Netflix sobre la novela. Y Atwood publicó su propia secuela, llamada Los testamentos, en 2020. En ella, la dictadura se ha vuelto cada vez más corrupta. Hay descontento y la oposición, refugiada en Canadá y tildada de “terrorista” en Gedeón, se permite albergar esperanzas.
¡Increíbles ingredientes para una novela escrita en 1985! Asalto al Capitolio, Constitución obviada, judicatura doblegada, imposición por la fuerza de valores “tradicionales”, guerra contra las universidades y la prensa, policías matonescos llevándose a la gente, oposición tildada de terrorista, emigración prohibida, crisis de natalidad y odio a Canadá y a su democracia liberal.