El Presidente Trump ha convocado a una cumbre con líderes latinoamericanos afines en Doral, Florida, el 7 de marzo, en un hotel de su propiedad. A ella han sido invitados los presidentes de Argentina, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Honduras y Paraguay, así como el Presidente electo de Chile, José Antonio Kast. A pocas semanas de una visita de Trump a Beijing a comienzos de abril (su primera en diez años), el propósito de la cumbre en Doral es articular una estrategia regional para reducir la presencia de China en América Latina que permita al Presidente de Estados Unidos llegar a su reunión con Xi con un cierto respaldo hemisférico.
José Antonio Kast ha señalado que una de sus prioridades es un mayor acercamiento a EE.UU., país con el que Chile ha tenido excelentes relaciones. La política exterior del Presidente Trump domina el escenario internacional y nuestro país se beneficia mucho del comercio exterior y la inversión directa estadounidense. Por ello, una relación fluida con Washington es fundamental. La anunciada visita del secretario de Estado, Marco Rubio, a la transmisión del mando en Chile es algo positivo, si bien se puede ver empañada por la inédita reciente revocación de las visas del ministro de Transportes de Chile y otros funcionarios por parte del Departamento de Estado.
Hay numerosas áreas, además del comercio e inversión, en las cuales Chile puede profundizar su colaboración con EE.UU., como en el combate al narcotráfico, al crimen organizado, la inmigración y el desarrollo científico-técnico.
Dado que una de las prioridades de la administración Trump es reducir la presencia china en las Américas, se ha sugerido que la manera más expedita de abuenarse con Washington sería haciendo lo mismo en Chile. También se ha propuesto respaldar en pleno la política exterior de EE.UU., incluyendo sus componentes anti-China, pero manteniendo los flujos comerciales con ese país.
Sin embargo, eso es inconveniente e imposible. Si hay algo que Chile no necesita es aparecer suscribiendo estrategias anti-China, algo que nos traería consecuencias muy negativas. Nuestra situación es distinta de la que tienen otros invitados a la cumbre en Doral. Chile es uno de seis países en el mundo que tienen tratados de libre comercio (TLC) tanto con EE.UU. como con China, y goza de muy buenas relaciones con Washington y con Beijing.
Con casi un 40% de nuestras exportaciones a China, este país es hoy nuestro primer socio comercial. El comercio bilateral se aproxima a los 60 mil millones de dólares. Esta cifra es ocho veces lo que era en 2005, cuando se firmó el TLC Chile-China, el primero que China firmó con un país individual alguno. Tenemos fuertes inversiones chinas en diferentes áreas y relaciones diplomáticas desde hace más de medio siglo.
Chile es el país latinoamericano más vinculado a China. Es imprescindible mantener tal condición, que coincide con uno de los principios más importantes de nuestra política exterior, cual es la de mantener relaciones abiertas con todos los países del mundo, sin formar alianzas ni acuerdos contra ninguno de ellos.
La noción de que Chile podría abrazar posiciones anti-China y mantener sus relaciones comerciales refleja una visión equivocada de cómo funcionan las relaciones internacionales, y en particular las de China. Las relaciones comerciales de China no van por un carril separado de las relaciones políticas. El que China firmase su primer TLC con Chile no está desvinculado de que Chile haya sido el primer país en Sudamérica en establecer relaciones diplomáticas con la República Popular China en 1970, el primero en la región en apoyar el ingreso de China a la OMC y el primero en reconocer la condición de economía de mercado de China.
El mayor desafío para la diplomacia del gobierno entrante es mantener un sano equilibrio en las relaciones de Chile con Washington y con Beijing. Ello implica continuar cerca de EE.UU., sin caer en la trampa de comprarse la agenda anti-China de la administración Trump. De no calibrar ese enfoque de manera adecuada, el costo puede ser alto. En buena medida, es lo que Chile ha hecho en las últimas tres décadas, descrito como un No Alineamiento Activo en la competencia entre nuestros mayores socios.
Es cierto que las condiciones internacionales de hoy son distintas y bastante más exigentes. Pero en momentos de alta incertidumbre, hacer apuestas osadas que pongan en peligro una relación de 55 años con la segunda mayor economía del mundo sería imprudente y dañino para nuestro país.
José Miguel Insulza Jorge Heine