Acapara las portadas. Amenaza a sus adversarios y se burla de sus aliados. Interviene en cualquier rincón del mundo como si fuera el patio de su casa. Pone las instituciones a su servicio. Se rodea de parientes, compadres y acólitos. Administra el gobierno como una empresa personal. Hace poco revocó visas a autoridades de un país soberano y aliado, como castigo por someter a evaluación una inversión que consideró peligrosa para sus intereses. Donald Trump domina la escena y, con ese estilo, ha venido logrando buena parte de lo que busca. Cuenta con una adhesión interna incombustible y con una cuota de simpatía internacional que debería llamar a la reflexión.
Tomemos Venezuela. No pidió autorización, no buscó consensos internos, no se sometió a esas deliberaciones multilaterales lentas y costosas. Tampoco tenía un plan claro para el “día después”: confió en que lo demás se ordenaría sobre la marcha. Su operación produjo estupor en las élites liberal-progresistas, pero cosechó una adhesión inesperada dentro y fuera de Estados Unidos. Incluso sectores que no comparten su ideología ni sus métodos sintieron, tras la captura de Maduro, un alivio difícil de disimular: por fin pasó algo. Fue un gesto tosco, de legalidad discutible y de efectos estratégicos inciertos, pero cortó un nudo y abrió un curso nuevo que, con el tiempo, empieza a verse más razonable.
En un mundo saturado de diagnósticos, comunicados y procesos inconclusos, lo de Venezuela operó como una señal contra la impotencia. El acto es el mensaje.
Trump actúa y, al hacerlo, transmite una idea simple y ordenadora: que el poder basado en la fuerza material todavía existe y puede ejercerse sin pedir permiso ni ofrecer disculpas. Para muchos, eso basta. Ahí reside su atractivo: no en la justicia del resultado —ni siquiera en su eficacia probable—, sino en la ruptura de la inercia. Importa poco si lo hace bien o mal. Importa que lo haga, ya.
Con el salón de la Casa Blanca aún en la retina, Fareed Zakaria lo dijo con franqueza: “Simplemente hace las cosas”. Y admitió que, para un liberal como él, eso le provoca una incómoda “especie de envidia”.
En enero recibió en la Oficina Oval a los periodistas de The New York Times que cubren la Casa Blanca. La entrevista estaba programada para una hora: duró cuatro. Su testimonio da cuenta de un vaivén trepidante. Asistentes que entran y salen sin pausa. Una llamada de Petro que corta la conversación. Papeles impresos al vuelo y consultas en YouTube para “probar” un punto. Documentos oficiales firmados sin leer. Teléfonos que insisten, y que responde frente a los periodistas. En ese torbellino se mezcla todo: lo estratégico y lo trivial, lo personal y el gobierno.
Es errado tomar la forma de actuar de Trump como una patología de índole personal. Es un modo de ejercer el poder que conocemos, y que hoy atraviesa varios ámbitos, incluido el empresarial. Su amigo Musk es otro exponente del mismo estilo. No ofrece coherencia ni consistencia: ofrece movimiento y, sobre todo, la demostración de que nada es intocable. Gobernar consiste en moverse más rápido que los demás, saturar el espacio, impedir que otro marque el ritmo. En esa lógica, el caos no es un accidente: es el método. El desorden solo se rinde ante el empuje y la autoridad que nacen del movimiento. La acción no sigue al plan: lo antecede.
La sorprendente acogida al ocupante de la Casa Blanca responde a un cansancio profundo frente a lo que se percibe como la impotencia estructural de las democracias liberales. Cansancio con la demora, con la discusión circular, con la burocracia moralizada, con la proliferación de matices y procedimientos que prometen corrección y terminan en parálisis. El atractivo de Trump no es ideológico; es existencial. La acción —incluso errática— se lee como vitalidad; la deliberación, en cambio, como debilidad.
Nada de esto es nuevo. La exaltación de la acción como reacción a democracias agotadas, incapaces de salir del desorden y el estancamiento, tuvo numerosos representantes en el siglo XX, y no dejó buenos recuerdos. Pero mientras no se logre reconciliar deliberación con decisión, el atractivo de Trump seguirá creciendo. No porque tenga razón, sino porque se mueve.