¿Es prudente que el gobierno de Gabriel Boric ayude a Cuba en nombre de Chile?
Moralmente, la respuesta es sí.
La ayuda chilena no moverá la aguja, pero incluso en el supuesto teórico de que los recursos permitieran sostener al régimen, la ayuda humanitaria está primero. Es, ante todo, un gesto de humanidad.
¿Es correcta la causa invocada por el Presidente?
En palabras del propio Boric:
“El bloqueo que Estados Unidos ha impuesto a Cuba y que ha agudizado en las últimas semanas es criminal, un atentado a los derechos humanos de todo un pueblo. Se pueden tener diferencias con Cuba, pero nada justifica el daño que se les está haciendo a niños, niñas y ciudadanos inocentes”.
Lamentablemente, el Presidente está equivocado. Profundamente.
No es el bloqueo la causa del problema que viven los cubanos. Es la tiranía a la que están sometidos.
El bloqueo es apenas una nota al pie de página de los problemas cubanos.
Un régimen que intentó sustituir la iniciativa privada. Que al intentar sacar el lucro de la sociedad lo que hizo es detenerla en el tiempo. Tal cual, al extirpar el lucro, la sociedad quedó paralizada en los años 60.
En pos de un delirio, “la revolución”, se condenó a un pueblo a la diáspora, al hambre, a la cárcel y a la desesperanza.
El Presidente chileno culpa, sin embargo, al bloqueo. Pero no es el bloqueo.
La isla podría comercializar con muchos países del mundo sus productos. El problema es que no tiene qué comercializar. No hay producción, no hay incentivos, no hay nada. Solo corrupción e indignidad.
Y el bloqueo no es más que un molino de viento para justificar su propio fracaso.
La última novela (“Morir en la arena”) de Leonardo Padura, un escritor que ni siquiera se ha declarado como opositor, refleja bien el drama de la isla. Un experimento fracasado que se ha llevado por medio a millones de personas.
Pero el Presidente chileno cree que es el bloqueo…
¿No ameritaba, junto con la ayuda, una condena enérgica a la tiranía por parte del Gobierno chileno? Por supuesto que sí. Y sin embargo, no lo hizo.
Días después, Boric envió una carta al Papa y —ahora sí— habla de la necesidad de “avanzar respecto de las libertades fundamentales, incluyendo la situación de personas detenidas por motivos políticos”.
¿Es eso una condena? ¿Se puede circunscribir a la necesidad, simplemente, de “avanzar”?
Se ha dicho mil veces. Y lo dijo el Parlamento europeo en 2019, por abrumadora mayoría: el comunismo ha sido tan dañino como el nazismo. Ambas ideologías ameritan la condena más enérgica. Han causado muerte y destrucción.
La izquierda democrática chilena debe separar aguas con el Partido Comunista chileno que sigue defendiendo el delirio. Boric debe alguna vez —antes de terminar su mandato— decir las cosas por su nombre respecto a lo que pasa en Cuba. Ha dado muestras de credenciales democráticas en su presidencia con Nicaragua y Venezuela, pero ellas no han llegado a la isla caribeña. Y debiera ser el lugar más fácil de hacerlo. Es demasiado evidente todo.
Pero el sueño/fascinación/añoranza de la izquierda con Fidel Castro parece ser un trauma difícil de sopesar. O de superar.
Así las cosas, ¿hace bien el Presidente Boric ayudando a Cuba? La respuesta es correcta.
El problema es que lo hace por razones completamente equivocadas.