La población de Cuba ha decrecido dramáticamente en las últimas décadas por efecto de la emigración y el descenso de la natalidad. Según los datos oficiales, en 2020 era de 11,2 millones de habitantes, y hoy llega solo a 9,6 millones, aunque algunos estudios independientes estiman que es de alrededor de 8 millones. El agobio de la falta de horizontes ha provocado el éxodo masivo de jóvenes y personas de edad mediana. La pobreza se estima hoy entre el 40% y el 45% de la población.
El fracaso de la llamada revolución cubana es un hecho incontrovertible. El socialismo que prometía el fin de las servidumbres y la opresión, lo cual justificaba cualquier sacrificio, ha demostrado ser una estafa histórica. Cuba es hoy una sociedad horrorosamente desigual: la mayoría de la población sobrevive con lo mínimo mientras la oligarquía gobernante, a cuya cabeza está el Partido Comunista, vive con todas las ventajas del poder absoluto.
Al cabo de 67 años, el relato de que la isla es una fortaleza sitiada por EE.UU. ya no sirve para excusar la inepcia, la arbitrariedad y la corrupción. Las necesidades sociales claman al cielo, mientras el Estado policial consume buena parte de la renta nacional. Hoy son muy agudas las limitaciones de combustible, pero este no falta para los vehículos de la llamada Seguridad del Estado, el inmenso aparato de represión del régimen.
Esta es la abrumadora herencia de Fidel Castro, quien gobernó durante 49 años como si la isla fuera su finca. El socialismo que él proclamaba fue, en realidad, una forma de privatización del poder. En los hechos, actuó como un monarca con poderes ilimitados, que concebía al pueblo como una masa obediente y sin derechos. Reprimió a los críticos y disconformes dentro y fuera del Partido Comunista. Copió metódicamente las técnicas de sometimiento y asfixia del totalitarismo soviético.
“Patria o muerte” fue el grito de guerra de Castro, y solo él sabía cuáles eran los intereses de la patria. “Todo dentro de la revolución, nada fuera de ella”, proclamó para silenciar a los disidentes, y solo él interpretaba los designios de esa divinidad que era la revolución. Muchos cubanos murieron en las cárceles por oponerse al régimen. Otros perecieron en el mar en su intento de ganar la libertad. Otros más murieron en las guerras africanas a las que los envió Castro. En 2008, dejó el poder a su hermano Raúl, pero se las arregló en los años siguientes para bloquear las posibilidades de apertura, obsesionado por la idea de que la isla fuera el último baluarte del comunismo. Murió en noviembre de 2016.
Castro puso todos los recursos del Estado y, por ende, el dinero y las armas que recibía de la Unión Soviética y otras dictaduras comunistas, al servicio de la exportación de su idea de la sociedad igualitaria y unánime. En los años 60, 70 y 80 financió a decenas de grupos guerrilleros en América Latina. Por los centros de adiestramiento militar de la isla pasaron miles de jóvenes argentinos, uruguayos, peruanos, colombianos, venezolanos, brasileños, salvadoreños, bolivianos, nicaragüenses, chilenos, etcétera. El costo humano de aquel delirio fue desolador.
A fines de 1971, Castro vino a Chile, invitado por el Presidente Allende. Le impuso al anfitrión una visita de 10 días, lo que nunca había ocurrido con otro visitante. Recorrió el país predicando que el camino de la revolución era necesariamente el de las armas. Se quedó finalmente 24 días, contra la voluntad de Allende y, en los hechos, humillándolo en su propia casa. Castro parecía empeñado en demostrar que Chile no podía ser una excepción a su estrategia de incendiar el continente, y lo consiguió. Contribuyó decisivamente a nuestra tragedia.
¿Qué viene ahora en Cuba? El clamor contra la dictadura es mayoritario en las calles de La Habana y otras ciudades. El sentimiento predominante es que la situación no da para más y que el cambio es una cuestión de supervivencia. La solución no es, por supuesto, una invasión norteamericana o una operación militar como la de Venezuela. En días recientes, el gobierno de EE.UU. ha descartado esa vía y ha dicho que está negociando con representantes del régimen. Nadie sabe qué puede salir de tales negociaciones, pero lo que no puede ocurrir es que se desconozca el derecho del pueblo cubano a autogobernarse.
En manos de las Fuerzas Armadas está la posibilidad de abrir un cauce de libertad y de paz para que Cuba salga del marasmo. Un paso significativo sería la liberación de todos los presos políticos y la creación de un clima de reencuentro nacional. ¡Qué gran acontecimiento sería que Cuba iniciara en los próximos meses un proceso de transición hacia la democracia!