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Editorial
Viernes 20 de febrero de 2026
Colaboración ante listas de espera
Mientras no se establezcan asociaciones público-privadas sólidas, con responsabilidades y obligaciones claras, el país seguirá arrastrando largas listas de espera.
Más de 30 mil pacientes en lista de espera lograron resolver su problema de salud gracias a la intervención de algunas fundaciones que han reemplazado al Estado en la provisión de servicios. Su actuación representa el esfuerzo de la sociedad por hacerse cargo de los problemas que afectan seriamente la vida de muchos chilenos, pero naturalmente deben hacerlo en la medida de sus capacidades, sea organizando operativos médicos, como los que hace la fundación Acrux, o bien orientando a los pacientes con cáncer, como lo está haciendo la fundación Care.
Ambos esfuerzos son muy meritorios y muestran una posible vía de ayuda voluntaria en favor de los más postergados de la sociedad. Pero mientras no se establezcan asociaciones público-privadas sólidas, con responsabilidades y obligaciones claras, el país seguirá arrastrando largas listas de espera, tanto para la atención especializada que pueden otorgar fundaciones como estas, como cirugías electivas que requieren de una atención institucional.
Los operativos médicos consisten en una serie de actividades realizadas por equipos de profesionales de la salud que se desplazan a un lugar determinado por corto tiempo para dar atención médica, hacer exámenes preventivos o dar tratamientos a comunidades con problemas de acceso a estos servicios. Han sido objeto de apreciaciones muy diversas. Sus objetivos son limitados, pues no pueden proveer la continuidad de la atención de salud que exigen los tiempos actuales. Pero pueden ser muy eficaces en ciertos campos, como, por ejemplo, las atenciones dentales o muchas correcciones visuales. Según la preparación de quienes integren estos equipos viajeros, también sirven para capacitación del personal de salud.
No obstante, pese a estas evidentes ventajas, son a menudo criticados por el hecho de que ofrecen atención de corto plazo solamente, porque ocasionan disrupciones en las tareas habituales de los servicios de salud, y en muchos casos, por la falta de controles en las tareas que realizan.
Pero en Chile ya llevamos más de 20 años hablando del número creciente de enfermos en listas de espera. La situación, como es obvio, se agravó muchísimo como consecuencia de la pandemia, que exigió al máximo a los sistemas de atención de salud y dejó postergados a los enfermos habituales. A seis años del comienzo de ese dramático período, las esperas siguen creciendo en cuanto al número de pacientes, aunque los tiempos de postergación han continuado disminuyendo, pero a un ritmo increíblemente pausado. Se ha llegado a considerar este rasgo de nuestros servicios de salud como una característica estructural del sistema y, por tanto, difícilmente modificable.
Hoy se estima que unas 400 mil personas están a la espera de una cirugía electiva y son más de dos millones de personas las que esperan una primera consulta con un especialista. Más aún, existen unos 75 mil pacientes GES, esto es, con garantías explícitas legales, que también se encuentran atrasados.
El Gobierno celebra sus escuálidos logros, pero el país parece tener ya conciencia de que existe un grave problema en la atención de salud. A modo de ejemplo, para dimensionar el problema de las esperas, en Reino Unido se considera que el tiempo máximo permisible debe ser 18 semanas y se informa periódicamente cuántos casos sobrepasan esa cifra. En Chile el Ministerio de Salud considera un éxito que nueve de los 27 servicios hayan logrado reducir las esperas a menos de 200 días, unas 28 semanas.
La productividad de los servicios difícilmente va a aumentar con los sistemas de incentivos, es decir, de premios y castigos que reciben sus trabajadores, puesto que no hacen gran diferencia entre una persona que se esmera por cumplir y otra que solo está interesada en conseguir una licencia médica sin estar enferma. Por eso, la participación del sector privado es fundamental, puesto que las consecuencias para uno y otro trabajador son notoriamente diferentes.
Si se deja actuar a las personas con libertad, surgen las iniciativas particulares, como las fundaciones Acrux y Care, en que solo por el afán personal de hacer el bien, aparecen voluntarios dispuestos a colaborar para superar este vergonzoso problema.