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Editorial
Viernes 20 de febrero de 2026
Presión sobre Irán
Las decisiones que se tomen pueden tener impredecibles consecuencias para la paz regional y global.
En el Medio Oriente sigue el suspenso ante la escalada de tensión entre Washington y Teherán. Donald Trump amenaza con volver a atacar a Irán, y ha ordenado el despliegue de sus fuerzas militares y navales en la zona, que podrían estar listas para la acción en los próximos días. Desde Teherán le responden con un ejercicio naval en el estrecho de Ormuz, al que se ha unido Rusia. Con ese telón de fondo, las decisiones que se tomen pueden tener impredecibles consecuencias para la paz regional y global. El gobierno de Irán debe entregar una propuesta escrita en dos semanas sobre los elementos a negociar en la próxima ronda de diálogo indirecto con Estados Unidos sobre su cuestionado programa nuclear.
No se olvida que, en junio pasado, las partes preparaban una sexta ronda de negociaciones cuando Israel atacó a Irán y Trump decidió unirse con bombardeos a las instalaciones nucleares iraníes que, dijo, quedaron “total y completamente aniquiladas”. Más tarde, el Pentágono aclaró que no se sabía la magnitud de la destrucción, mientras la agencia nuclear de ONU no tiene una evaluación porque se le ha negado el acceso a los sitios.
Lo que está en juego es la capacidad de Irán para desarrollar armas nucleares, la que, según Trump, fue eliminada. Sin embargo algunos expertos señalan que los bombardeos solo retrasaron esa posibilidad. Irán siempre ha afirmado su interés en el uso civil y niega cualquier intención de construir bombas.
La desconfianza mutua complica las negociaciones y está en la base de los desacuerdos de fondo, que serán de difícil resolución mientras Irán sea gobernado por una élite religiosa islámica fundamentalista que controla todo el poder, las fuerzas militares y ejerce una represión permanente sobre la sociedad. Las recientes protestas, que fueron sofocadas violentamente en enero y dejaron miles de muertos (3.117, según el régimen, hasta 7.000 según ONGs de DD-HH.), demostraron que la población está dispuesta a enfrentar a la dictadura, pero hasta cierto límite porque es impotente frente a la superioridad de las fuerzas de seguridad.
Con todo, el “progreso” que habría tenido el diálogo mediado por el canciller de Omán, el martes recién pasado en Ginebra, es una buena noticia, si bien desde ambos lados siguen surgiendo amenazas, advertencias y líneas rojas. La base de un acuerdo posible podría ser que Irán suspenda el enriquecimiento de uranio (ha conseguido hasta el 60%, lo cual está a un paso del potencial de armas); que en el futuro solo lo enriquezca hasta el 5% para uso civil; entregue el material enriquecido (unos 400 kilos) a una tercera potencia (antes lo entregó a Rusia); y acepte reanudar las inspecciones de la agencia nuclear de ONU. Estados Unidos, presionado por el gobierno de Benjamin Netanyahu, busca limitar también el arsenal y la producción de misiles balísticos que pueden golpear el territorio israelí, pero Irán rechaza esta opción porque afectaría su capacidad defensiva y disuasoria.
Trump advirtió a los iraníes que “pasarán cosas malas” si no llegan a acuerdo. En las próximas semanas se sabrá si esta es una amenaza real o es parte de su habitual táctica de negociación: poner presión máxima en el contrincante para obligarlo a aceptar sus condiciones. Si fuera esto, sería un alivio, pero se lamentaría el escaso respeto a las formas diplomáticas.