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Editorial
Martes 17 de febrero de 2026
Calendario escolar y vacaciones
Habría ganancias importantes si las vacaciones estuvieran mejor distribuidas a lo largo del año.
Pocas cosas permanecen tan inamovibles en el tiempo como el calendario escolar. Sin embargo, resulta inevitable que las largas vacaciones de verano del sistema escolar (y también de la educación superior) generen una reflexión sobre la conveniencia de esta práctica, como lo hizo Loreto Cox en columna el viernes pasado, que tiene importantes variaciones en la experiencia comparada.
Entre las 40 naciones que actualmente conforman la OCDE solo tres tienen vacaciones de verano que superan a las de nuestro país: Bulgaria, Grecia y Letonia. Otros cuatro países tienen números similares a Chile: Estonia, Italia, Lituania y Rumania. Hay varios que tienen alrededor de la mitad de las 11,2 semanas que reporta la OCDE para Chile. Entre ellos se encuentran Australia, Corea del Sur, Dinamarca, Nueva Zelandia, Países Bajos y Suiza. Curiosamente, si se contempla el tiempo total de vacaciones, Chile aparece algo por debajo del promedio de la OCDE. Ello sugiere una mala distribución del calendario escolar que puede afectar el desempeño de estudiantes y también profesores. Ahora, este hecho no es una inconsistencia, toda vez que Chile es, después de Costa Rica, el país con más horas de clase entre todas las naciones de este organismo internacional en educación primaria y el quinto en educación secundaria. Se requieren, entonces, muchas semanas de clases.
Hace más de cien años que se discute en el sistema escolar la conveniencia de tener vacaciones de verano tan prolongadas. Diversos estudios sugirieron en su momento que ellas generaban una pérdida relevante en aprendizajes y exacerbaban las inequidades educativas. A medida que transcurría el tiempo nuevas investigaciones encontraron evidencias más bien mixtas que ponen en duda dicha creencia. El resultado parece depender más bien de los test aplicados y de las habilidades medidas. Es difícil, por tanto, aseverar que existe un consenso en esta materia. Con todo, la situación vivida con el covid y las interrupciones escolares han puesto de nuevo el foco en la calendarización del año escolar y comienza a emerger la idea de que las vacaciones escolares deberían distribuirse mejor en el año.
Por ejemplo, en Reino Unido, donde las vacaciones de verano duran solo 5,6 semanas, organizaciones independientes, como la Fundación Nuffield, han sugerido que quizás estas deberían reducirse a solo cuatro, distribuyendo el tiempo adicional en el resto del año. En particular, por el impacto que podrían tener interrupciones escolares largas en el desarrollo del pensamiento crítico y en las habilidades socioemocionales de los niños, esto último como consecuencia también de la reducción en los tamaños de las familias.
Se suma a esta realidad una creciente preocupación por el agobio laboral que significaría para los docentes semestres escolares intensos como los que se producirían en Chile al combinar un horario lectivo intenso y pocas semanas de descanso adicionales a las de verano. También se ha detectado que las vacaciones prolongadas en un período del año suponen más desembolsos, por distintas razones, para las familias con hijos en edad escolar. Habría, entonces, ganancias importantes si las vacaciones estuvieran mejor distribuidas a lo largo del año.
Dicho esto, no deja de sorprender que una vez establecidos los calendarios escolares, estos se tornen extraordinariamente difíciles de modificar.
En el caso de Chile conviene recordar también que en 2009 se aprobó, por buenas razones, una educación básica de seis años y de otros seis para la secundaria, modificando la estructura actual. Sin embargo, prevista para entrar en efecto en 2018, se ha postergado en varias ocasiones y ahora solo comenzaría a regir a partir de 2030; esta es una evaluación y tarea que le corresponderá llevar adelante al nuevo gobierno, toda vez que prácticamente no hay nada avanzado en esta materia. En ese sentido, a pesar de que la revisión del calendario escolar puede ser una medida de bajo costo y con efectos positivos que no se pueden despreciar, se debe ser escéptico respecto de la posibilidad de llevarla a la práctica.