La utopía insiste en sostener que el Estado moderno es moralmente neutro y que lo bueno y lo malo solo debería ser evaluable en el ámbito privado. ¿Cómo se explica, entonces, que el fisco destine 50 millones de pesos a financiar el evento pornográfico Excéntrico Fest?
La pornografía es una actividad que pone en juego un conjunto de dimensiones morales. Supone la cosificación de hombres y mujeres, la desnaturalización y comercialización del sexo, la radical exposición de aquello que debería permanecer en la intimidad, y una serie de perjuicios para jóvenes y adultos que se ven expuestos a sus contenidos. Cuando su consumo se hace habitual, puede generar una adicción que anula la libertad, provoca daños emocionales y entorpece las relaciones interpersonales. No parece, por tanto, ser una actividad merecedora del patrocinio de un Estado moralmente neutro.
Porque una cosa es que haya quienes, en el ejercicio libre de su voluntad, quieran exponerse a la pornografía pese al perjuicio que ella provoca, y otra mucho peor es que sea el Estado el que financie y favorezca una actividad moralmente dañina como esta. Cuando actúa así, el Estado deja de ser neutral y se convierte en un operador en favor de una industria que lucra con la erosión psicológica y moral que causa a sus usuarios.
Al defender la entrega de fondos al festival porno, la ministra de las Culturas ha argumentado que el proceso fue impecable, libre de influencias políticas, ajustado a la ley y su reglamento y anclado en “el desarrollo institucional” democrático del país. O sea, un acto técnico de neutralidad pura.
¿Cómo es, entonces, que un procedimiento así termina haciendo posible un festival que promueve una actividad moralmente lesiva? La respuesta resulta obvia: la pretendida neutralidad no es tal. En nombre de ella, el Estado ha favorecido una posición que hace todo lo posible por tomar distancia de lo tradicional y, en cambio, ampara una visión que propone una ética propia y progresista (las bases exigen, por ejemplo, que al menos un 50% de las obras presentadas sean dirigidas por mujeres). Se trata de una instancia que hace una opción moral, aunque esta sea muy distante de aquella que dicta el sentido común y próxima a una tolerancia laxa que concibe como bien aquello que promueve abiertamente el daño (o, por lo menos, es indiferente ante eso).
Un Estado concebido así puede apoyar al mismo tiempo, como ocurrió en este caso, al Festival de Cine de Ñuble y la Muestra Internacional de Cine y Placeres Críticos (el nombre oficial de Excéntrico Fest), porque las normas de la tolerancia al uso le permiten evaluarlos como equivalentes, siempre y cuando cumplan con requisitos formales. Comete, de esta manera, una injusticia, pues trata como iguales a eventos que son sustantivamente distintos. Ha construido leyes y reglamentos que diluyen la finalidad y permiten a sus intérpretes obviar las respuestas al porqué, tal como hace la ministra, que se agita en explicar los procedimientos y opta por eludir las razones y los fundamentos de la decisión.
Detrás de la moral que promueve el Estado supuestamente neutral se esconde, agazapado, el nihilismo, “el más inquietante de los huéspedes”, según Nietzsche. Su presencia devastadora niega la existencia de criterios y hace a las personas libres para la nada, desvinculándolas de lo edificante y constructivo.
Desde hace tiempo es posible observar su presencia. Fue visible en el sinsentido de la destrucción octubrista y todavía hoy en muchos rayados y grafitis en espacios públicos. El financiamiento estatal del Excéntrico Fest es una muestra de que, disfrazado de tolerancia, el nihilismo moral reside también en el aparato fiscal y confirma que la noción del Estado neutral no es más que una ilusión buenista en el mejor de los casos.