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Editorial
Jueves 12 de febrero de 2026
Cuba tambaleante
La crisis económica no comenzó con las últimas medidas de Donald Trump, pero ellas sí la han agudizado.
Apagones diarios que afectan simultáneamente al 60 por ciento de la población, junto con escasez de combustible, alimentos y otros productos básicos son la realidad que viven los cubanos bajo el régimen comunista y las sanciones impuestas por Estados Unidos. La crisis económica en la isla no comenzó con las últimas medidas de Donald Trump, que prohíben llevar petróleo a Cuba, pero ellas sí la han agudizado, y le dan una vez más argumentos a la dictadura para culpar al “bloqueo imperialista” de todos los males de la población. Cuba necesita reformas económicas urgentes, pero antes que nada, el régimen debe terminar con la represión política, respetar los derechos humanos y las libertades civiles. Tal vez Trump, pero sin duda su secretario de Estado, Marco Rubio, parecen decididos a obligar a los jerarcas isleños a emprender ese camino. Si con las recientes sanciones se consigue, está por verse, pero lo cierto es que en el gobierno cubano ya dan muestras de resignarse a negociar con Washington para salir del atolladero.
La permanente victimización que hace el Presidente Miguel Díaz-Canel del pueblo cubano ya no se sostiene, porque son pocos los que aún creen la propaganda del Partido Comunista. Quizás entre ellos están los líderes del PC chileno, quienes, como Daniel Jadue, todavía consideran que Cuba es “una democracia socialista… (que) ya (la) quisiéramos nosotros”. Con todo, más allá de presionar al gobierno chileno —evidenciando la inmensa fractura que cruza al oficialismo— y de servir como recurso ordenador en las filas comunistas, los llamados a solidarizar no parece vayan a servirles demasiado a los jerarcas caribeños.
La revolución cubana mostró todo su fracaso cuando colapsó la URSS en 1991 y Cuba dejó de recibir los subsidios soviéticos, que con el tiempo fueron reemplazados por las dádivas venezolanas. Hugo Chávez salvó al castrismo, y los turistas contribuyeron a su sobrevivencia, pero las cosas volvieron a empeorar con la pandemia. La captura de Maduro dejó a Cuba sin su principal sostén y en la mira de Trump, quien, empeñado en hacer del hemisferio occidental un espacio libre de amenazas para la hegemonía de EE.UU., acusó en enero a La Habana de ser base de espías rusos y acoger a iraníes y miembros de Hamas.
La estrategia de Trump para lidiar con la dictadura cubana parece ser aislarla de todos sus posibles aliados. México suspendió sus envíos de petróleo, pero no los de ayuda humanitaria. Más allá de declaraciones, Rusia y China se han mantenido al margen (Moscú evacuó a todos sus turistas de la isla y suspendió los vuelos hasta nuevo aviso). Es probable que Trump, que ha dicho que los cubanos deben llegar a un acuerdo “antes de que sea tarde”, esté apostando a que en las conversaciones, que supuestamente se están llevando a cabo, los dirigentes caribeños se rindan.
Díaz-Canel ha insistido en que no harán concesiones, que el “modelo” no está en discusión: “Diálogo con EE.UU., pero sin tocar asuntos sensibles que se perciban como interferencia en los asuntos internos”, sin amenazas, “en términos de igualdad, basado en el respeto mutuo y en el derecho internacional”. Desde la cancillería cubana ofrecen “renovar cooperación técnica” en ciertas áreas como terrorismo, delitos financieros y narcotráfico. Es difícil que Trump se conforme con ese pobre temario. Ya lo dijo en sus términos: “No habrá ni petróleo ni plata para Cuba. CERO”, para agregar en otro momento: “No tiene por qué haber crisis humanitaria. Probablemente (los líderes cubanos) vengan a nosotros y lleguen a acuerdo. Así Cuba será libre de nuevo. Seremos amables”.