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Editorial
Miércoles 11 de febrero de 2026
La señal de Aragón
El PP debe encontrar pronto una forma de entenderse con Vox.
Una sucesión escalonada de elecciones en la que el sanchismo se vaya desangrando. A esa estrategia ha apostado el Partido Popular para enfrentar al Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez (PSOE), quien pese a su agudo desgaste político, se niega a convocar comicios nacionales anticipados y busca sobrevivir hasta el término de la legislatura, en 2027. Ante eso, la apuesta del PP ha sido adelantar, en sucesión, las elecciones autonómicas en distintas regiones controladas por sus “barones”. Es decir, a falta de un “súper domingo” electoral, generar muchos domingos de derrota que desmoralicen a los socialistas. La fórmula en parte ha funcionado: tanto en Extremadura, en diciembre, como en Aragón, el domingo pasado, el PSOE sufrió derrotas estrepitosas. El problema es que la noticia no ha sido que los populares ganaran (que sí lo hicieron), sino lo mucho que Vox avanzó en ambas regiones, volviéndose cada vez más imprescindible alcanzar acuerdos con esta fuerza.
El tema pasó a ser crítico luego de lo ocurrido en Aragón, que carga el mito de ser el “Ohio español”: un lugar predictivo de los resultados que tendría una hipotética elección nacional. Allí, el PSOE fue arrasado, perdiendo cinco escaños en las Cortes y quedando en votos a 10 puntos porcentuales del PP. Este, a su vez, se confirmó como la primera fuerza regional, con un 34% y 26 asientos, pero retrocedió en votación respecto de 2023 y perdió dos escaños. Vox, por su parte, dobló sus asientos, pasando de 7 a 14, apenas cuatro menos que los socialistas y fundamentales para poder conformar mayoría en una asamblea de 67 miembros.
Así, lo que debería haber sido puro festejo se ha transformado en motivo de fuerte reflexión en la derecha más tradicional. Se ha recordado cómo, hace medio año, el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, definió el itinerario del partido afirmando que su aspiración era la de gobernar en solitario. Es decir, recibir de los españoles el apoyo suficiente para llegar a la Moncloa sin tener que negociar con Vox. Analistas y editoriales han salido ahora a decirle a Feijóo que debe olvidarse de aquello, que la España del bipartidismo hace rato se terminó y que, si el objetivo es sacar a Sánchez del poder, encontrar una forma de entendimiento con el partido de Santiago Abascal es fundamental, por poco que les guste a los más liberales. Fue por lo demás lo que antes hizo el propio Pedro Sánchez cuando la izquierda de Podemos parecía imparable: no solo pactó con ellos, sino que se apropió de parte de su discurso. Y esa estrategia de “te mataré pero a besos” dio resultado. Hoy, Podemos agoniza, aunque, claro, al precio de haber perdido los socialistas buena parte de su identidad (Felipe González acaba de decir que votará en blanco si el actual gobernante va a la reelección). El consejo para Feijóo es no llegar a esos extremos, pero sí asumir que la fuerza de Vox es una realidad.
¿En qué está Sánchez, en tanto? En lo suyo, insistiendo en su estilo polarizador y con medidas tan controvertidas como la regularización de 500 mil migrantes (para algunos, no otra cosa que una forma de mejorar su base electoral). Pero también intentando calmar a los suyos, diciéndoles que falta para 2027 y con la esperanza de que en el interregno se haya hablado tanto de Vox y de su avance, que él pueda hacer campaña presentándose como la alternativa para detener a la mentada “ultraderecha”. ¿Suena conocido?