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Editorial
Miércoles 11 de febrero de 2026
Milei y las verdades oficiales
Los gobiernos carecen de imparcialidad para ejecutar estas iniciativas, las que devienen en meras acciones de propaganda.
El gobierno argentino anunció la creación de la Oficina de Respuesta Oficial de la República Argentina (Orora), con la finalidad de “combatir la desinformación brindando más información”. Empleando un lenguaje algo agresivo, propio de la polarizada política de ese país, el comunicado oficial que apareció en X (ex-Twitter) afirmaba que “fue creada para desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia las operaciones de los medios y la casta política”. La iniciativa quedará bajo la supervisión del exvocero Manuel Adorni y responde a una iniciativa del Presidente Milei. Se habría instruido ya a todos los ministerios para que envíen las noticias falsas que encuentren en sus áreas.
No es esta la primera vez que un gobierno intenta imponer verdades oficiales y, en su actual versión, más bien parece una imitación del mismo programa puesto en marcha por Donald Trump con el nombre de RapidResponse47. La finalidad de este es dar apoyo al Presidente y exigir que quienes difundan noticias falsas rindan cuentas, proporcionando información oficial sobre el gobierno de Estados Unidos. Pero rápidamente ha ido cambiando en los hechos su objetivo y hoy más bien parece un lugar de publicidad gubernamental, que incluso postea pendones y pancartas. En la misma Argentina, en 2020, se había creado un observatorio de la desinformación y la violencia simbólica para “proteger a la ciudadanía de las noticias falsas, maliciosas y falacias”. Solo que lo había hecho el gobierno kirchnerista de Alberto Fernández, lo que provocó el rechazo de los actuales gobernantes argentinos. Hicieron notar ellos que solo siete países tenían observatorios estatales de las noticias y en América Latina solo Venezuela contaba con esa dependencia. En la práctica, la idea nunca se puso en marcha como estaba anunciada ni tuvo mayor significado para la prensa argentina ni para la sociedad.
Pese a ello, Adorni lo intentó nuevamente el año pasado, creando un canal de streaming denominado “Fake, 7, 8”, con el mismo propósito. Al poco tiempo dejaron de desmentir noticias, que era el foco de su orientación.
Pero ni esta ni otras experiencias ya repetidas y fracasadas en otros lugares del mundo —cabe recordar las cuestionadas iniciativas del gobierno brasileño, con el cual una entusiasta ministra Camila Vallejo llegó a suscribir un memorándum de entendimiento para “combatir la desinformación”— han impedido a Milei insistir en la idea. Si bien se plantea como algo contrario a la censura, puesto que solo se limita a entregar información supuestamente fidedigna, desenmascarando así las operaciones que, según el gobierno, se suelen levantar en contra de ellos, en la práctica las iniciativas fracasan porque los gobernantes carecen de imparcialidad y profesionalismo periodístico. Los primeros casos que han querido desmentir en Argentina, más bien confirman la seriedad de los medios de prensa y la precipitación y superficialidad de los políticos. En efecto, utilizando el mismo lenguaje agresivo han denunciado varias afirmaciones que están lejos de constituir “operaciones” de la prensa. Por ejemplo, en algún medio se dijo que la iniciativa oficialista de bajar la edad de imputabilidad a 13 años lo convertiría en uno de los países con las más bajas del mundo. Para desmentirlo, Orora afirmó que en Uruguay esta ya es de 13 años. Aparte de que eso, en rigor, no constituye un desmentido, olvidó que en el país aludido, si bien la idea de bajar la imputabilidad se propuso, no fue aprobada, aunque sí existe un régimen especial para menores infractores. Como en este caso, cada noticia o comentario expuesto en el sitio solo ha aumentado la discusión entre gobierno y opositores, pero no ha logrado aclarar ninguna de estas noticias.
Intentar imponer una verdad como si fuera la única versión aceptable, convirtiéndola en la verdad oficial, solo se había logrado en la imaginación de escritores como George Orwell en su novela 1984. Si la deriva del gobierno llamado libertario de Argentina toma esta dirección, puede comprometer el futuro de otros grupos de su misma orientación.