En esta época del año mucha gente se permite leer novelas. ¡Por estar de vacaciones! Como si en otras épocas fueran una frivolidad y no una de las creaciones más imprescindibles que existe.
A Vargas Llosa, amante de las novelas de caballería, le gustaba decir que la novela nos permite escaparnos a vidas alternativas. Curioso, porque en sus novelas él desenmascara las realidades más brutales, aseverando también que la novela revela injusticias y miserias mejor que cualquier otro medio. Pero bueno, la paradoja, la contradicción son propias del novelista. En realidad, las novelas de Vargas Llosa abundan en personajes utopistas, escapistas, que arremeten contra molinos de viento como si fueran gigantes, y él los admira justo por creer que lo son. Pero a la vez se ríe cuando chocan con los porfiados molinos.
¿Qué mejor, entonces, a que las novelas puedan ser escapistas y realistas al mismo tiempo?
La novela trata esencialmente de la vida privada, y si eso es escapismo a veces será porque nos entretiene saber de vidas privadas ajenas. La novela en esa dimensión es una fuente de copuchas, de morbo. Nos permite espiar al vecino. Nos revela los secretos de parejas adúlteras. Nos permite acceder a los pensamientos más recónditos de un asesino.
Al tratar la novela tanto de la vida privada uno se pregunta cómo hacen los novelistas que son de izquierda. Serán de una izquierda suave, pienso, una compatible con lo mucho que la novela valora la vida privada, lo mucho que nos hace querer protegerla de interferencias del Estado. Algunas novelas incluso exhiben los efectos directamente devastadores que el Estado puede tener en la vida privada, sobre todo en dictaduras: pienso en novelas como La cartuja de Parma, de Stendhal, o La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. Por eso mismo siempre me ha parecido que la novela es un arte esencialmente liberal.
Dado que el narrador, cuando es omnisciente, sabe no solo lo que sus personajes dicen, sino también lo que piensan, son muchas las novelas que nos enseñan lo aborrecible que es la hipocresía. Otra cosa: a diferencia de los mismos personajes, el narrador conoce los malentendidos que provocan que se peleen y distancien, aprovechando a veces ese conocimiento para juntarlos en conmovedoras reconciliaciones, momentos en que los malentendidos se aclaran y que nos dejan al borde de las lágrimas, momentos como cuando el Príncipe Andrei, de Tolstói, se reconcilia con su Natasha, o cuando Nikolai, el hermano de ella, se reconcilia con la princesa María, la hermana de él.
Desde luego no todos los narradores son omniscientes. Hay algunos que observan lo que pueden desde los rincones. Ejemplos son los de Henry James, que miran como por la rendija de una puerta. Estas novelas son para el lector lecciones de humildad, porque le recuerdan la brecha que separa lo mucho que hay de lo poco que sabe. Finalmente, el novelista no puede no ser empático, incluso con la maldad. Cree, como el Padre Zosima, de Dostoyevski, que todo ser humano es intrínsecamente capaz de cometer cualquier atrocidad cometida por cualquier otro. Así nos baja los humos a quienes somos demasiado rápidos en juzgar.
Eso sí, las novelas son miradas parciales, aun cuando el narrador es omnisciente, si bien hay novelistas ambiciosos que pretenden escribir “novelas totales”. En esos casos recordemos a Borges en su cuento “El rigor de la ciencia”, sobre un imperio en que los cartógrafos, molestos con lo reductivos que son los mapas, levantan uno que “tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”. Las generaciones futuras se dieron cuenta de la inutilidad de la hazaña, y entregaron el mapa “a las inclemencias del sol y los inviernos. Pedazos del mapa perduran en desiertos “habitados por animales y mendigos”.
Como decía Borges, la obra de ficción no es un reflejo del universo, sino un objeto más que se le agrega.