Señor Director:
¿Hasta dónde puede alcanzar el escrutinio que efectúan la prensa y quienes opinan en ella cuando se trata de políticos o del Presidente electo o en ejercicio?
La pregunta viene a cuento luego de los comentarios de sus lectores acerca de una columna en que mencionaba el hecho que el Presidente y su cónyuge visitaban con sonrisas de admiración y cogidos de la mano, a Orbán y las figuras de Vox. Uno de sus lectores, omitiendo discutir las ideas expuestas en la columna, acusa una obsesión; al otro, con una pobre inteligencia del texto, solo se le ocurre decir que el autor es de izquierda. Ambas son objeciones livianas: ni ocuparse de quien está en el centro de la esfera pública es obsesión, ni criticar a Kast es ser necesariamente de izquierda (afirmar eso equivale a aseverar que ser de derecha es ser obsecuente con el Presidente electo).
Ambos eluden el debate de ideas.
Veamos.
Desde luego, lo primero que cabe preguntar es si es legítimo comentar los ademanes que son propios de la vida familiar. La respuesta depende de la conducta del político de que se trata. En este caso Kast y su cónyuge han empleado su intimidad familiar y su relación conyugal —de cuyos avatares nos han hecho partícipes, es cosa de recordar los martes de pololeo o las prácticas anticonceptivas que han divulgado— en los hechos como un recurso político. La consecuencia indudable es que han expuesto su relación y las particularidades que ella reviste al escrutinio público. En ese contexto referirse a su gestualidad es apenas nimio y en cualquier caso legítimo. Además de que debiera considerarse útil prevenir la mofa que puede causar la infantilización de la primera dama (que no solo es consecuencia de guiarla de la mano, claro está).
También forma parte del escrutinio (aunque cierta prensa a este respecto y algunos que se pretenden liberales han sido más bien tímidos) la cercanía y la admiración de Kast por Vox y Orbán, quienes son abiertamente iliberales y hostiles a la libertad de expresión, a las minorías sexuales y étnicas, a la autonomía universitaria y a los inmigrantes y, en cambio, partidarios de democracias autoritarias, todo ello a pretexto de que las bases de la civilización están en peligro.
Y en fin, es también de interés público saber si los colaboradores del Presidente (Undurraga, De Grange, Pérez Mackenna por nombrar algunos) son admiradores de Orbán y de Vox y soldados de la batalla cultural contra las minorías sexuales y la diversidad en que, según el Presidente electo —un gramsciano sin saberlo—, consiste la política.
En una sociedad plural en la que no todos son heterosexuales, ni étnicamente nacionales, ni descendientes de europeos, ni practicantes del matrimonio tridentino (salvo desde luego los pulcros soldados que luchan en la batalla cultural al lado de Kast y algunos lectores), todo lo planteado es de alto interés público, salvo que la emergencia que vivimos sea tal que obligue a enmudecer.
Carlos Peña