Hay una perspectiva algo desatendida en el debate sobre apoyar o no la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU. Hasta el momento, los análisis se han concentrado en la política interna chilena, pero siempre sobre la base de que es una candidatura imposible. Esto debido a que es muy probable que Trump y Marco Rubio la veten, especialmente considerando su historia política de izquierda; su afinidad con la ONU —institución que Trump ya está desfinanciando—; la odiosidad con que el Presidente Boric ha tratado a Trump y a EE.UU.; y más aún ahora que la apoyan Sheinbaum, de México, y Lula, de Brasil, dos izquierdistas cercanos a Cuba y Venezuela —por más que intenten lavar su imagen acá en Chile.
Nunca se sabe de las negociaciones internas que puedan existir entre Trump y el mundo —Bachelet, Sheinbaum y Lula (y Kast) incluidos—, pero parece una candidatura imposible, y eso al menos nos han hecho saber los “expertos en la ONU”.
Ahora, ¿y si tuviese reales posibilidades de ganar? ¿Y si gana apoyada o no por Chile? ¿Cambiará algo? Más allá de las teorías conspirativas sobre la ONU, que no comparto, hay tres hechos claros: el primero es que la ONU ya sirve de poco o nada, por más que tuvo sentido en sus inicios. Hoy no trae paz al mundo ni a sus rincones, ni sirve para ayudar a que los países pobres salgan adelante —con suerte algunas agencias ayudan con salud y símiles.
El segundo hecho es que es un cementerio de elefantes para políticos de izquierda —y no de derecha, con mínimas excepciones—. Allá alargan sus carreras “políticas” en finos restoranes de Washington y Nueva York, sin pagar un peso de impuestos.
Y tercero, esos mismos burócratas internacionales intentan influir en la opinión pública de diferentes países con ideas, de nuevo, de izquierda. No hay que olvidar que hace apenas unos meses, el Presidente Boric simplemente utilizó a la ONU y su (alicaída) legitimidad para llevar adelante su agenda política. Le pidió explícitamente a una de sus agencias, el PNUD, que hiciera un informe socioeconómico (de Desarrollo Humano, como les gusta llamarlos) acerca de Chile, a pesar de que no estaba planificado. El informe se publicó rápidamente y fue de un sesgo y falta de rigurosidad monumental, tal como se explicitó en estas páginas y en diferentes editoriales, y el sesgo fue —obviamente— de izquierda. El informe avalaba la retórica de “transformaciones necesarias” del estallido y la Convención Constitucional, olvidada olímpicamente los efectos de la inmigración iniciada en el gobierno de Bachelet, catalogaba los movimientos sociales como si fuesen espíritus sagrados (y a los movimientos sociales contra el aborto los catalogaba como cualquier cosa menos movimientos sociales) —y qué decir de la elección de preguntas de encuestas y las conclusiones puntuales sacadas de cada una de ellas.
En fin, ¿cuánto beneficiaría Bachelet en la ONU a los chilenos? ¿Cuántos chilenos estarán molestos con que ella se presente como líder mundial, cuando ella inoculó odiosidad en Chile a través del Estado haciendo videos animados contra los empresarios, destruyó la educación escolar y universitaria de los chilenos más pobres, se asoció con el Partido Comunista, apoyó la destructora Convención Constitucional y frenó nuestra economía? Dicen que nos dará visibilidad, pero, ¿el mundo distinguirá acaso si Michelle Bachelet es chilena o francesa? Yo no tenía idea la nacionalidad de Kofi Annan, Ban Ki-moon o António Guterres. ¿La élite lo sabrá? Bien por ellos, pero la verdad sirve de poco o nada. ¿Ghana ganó reputación después de Kofi Annan? Me imagino.
Finalmente, ¿es esto una política de Estado? La élite, de nuevo, y todos quienes leen los diarios saben que no lo es y afirmarlo es una simple farsa, porque no fue socializado con nadie de oposición, luego se anunció performáticamente en la Asamblea General y, ahora, finalmente, se oficializa luego de trámites otra vez secretos, inscribiendo la candidatura con Brasil y México. Nada similar se considera una política de Estado, y como tal, tampoco lo será Bachelet liderando la ONU. Si no se apoya esta postulación, el Presidente Kast y su equipo comunicacional tendrán la primera gran prueba de lo que será uno de sus grandes desafíos durante los próximos cuatro años: comunicar bien lo que se hace y lo que no. El Presidente y su equipo deberán explicar por qué no apoyó a Bachelet y deberá repetir, una y otra vez, que es porque importa poco o nada —y quizás negativamente— a los chilenos y, además, porque no era una política de Estado, ya que fue una operación política de la izquierda. Hay que decirlo, que no vengan con cuentos.
Fernando Claro V.
Fundación para el Progreso