Si uno quiere aprovechar las vacaciones para detenerse a entender el mundo actual, no se esfuerce zambulléndose en sesudos libros y papers académicos. Basta con mirar dos series breves, El Pingüino y M. Ambas funcionan, más que como espejos, como anticipación del poder en su forma contemporánea, cuando las ambiciones de dominación se han desprendido de las coartadas morales con las que solíamos envolverlas y se exponen en toda su crudeza.
El Pingüino transcurre en una Ciudad Gótica donde el “buenismo” de Batman ya es historia. Lo que impera ahora es el caos y la decadencia, lo que da lugar a una guerra entre mafias por el control del territorio. En ese escenario emerge Oswald Cobblepot —interpretado por un irreconocible Colin Farrell—, un personaje oscuro y fracasado que busca hacerse del poder sin otra ley que la astucia, la traición y la violencia. “El poder no se da, cariño: se toma”, le confiesa a su amante. “Lo propio del caos —añade— es que, si se lo conduce bien, se parece mucho a una oportunidad”, y “un buen susto mantiene la lealtad bajo control”.
Terminada El Pingüino, conviene pasar a M: Il Figlio del Secolo, la ambiciosa serie dirigida por Joe Wright y producida, entre otros, por Pablo Larraín, basada en la monumental biografía novelada de Antonio Scurati sobre el ascenso de Benito Mussolini. Ahí el poder deja de ser una alegoría y se vuelve historia.
Como lo exige su objeto, M es una suerte de opereta marcadamente sensorial, centrada en el impulso humano que da origen al fascismo. El rechazo a la fragilidad y al desorden, en cualquiera de sus formas. El desprecio por la duda, la ambigüedad y la introspección. El culto al movimiento, a la acción, a la inmediatez. La idealización de la virilidad y la impugnación romántica de los límites. Y, finalmente, la centralidad de la puesta en escena y el espectáculo: la palabra y la oratoria, las masas y las muchedumbres.
Lo que muestra la serie es que el fascismo actúa, ante todo, mediante símbolos. Lo que le es propio no es una doctrina ni un programa, sino las imágenes y la puesta en escena. Una estética construida en torno a gestos viriles, a cuerpos jóvenes, tensos y bellos, a uniformes y banderas, a himnos marciales, saludos y coreografías. El fascismo, en suma, no razona: escenifica.
M muestra a Benito Mussolini no como un fanático enloquecido, sino como un hombre atravesado por una tristeza antigua, por una ansiedad creciente ante la conciencia de su propio envejecimiento. Solo lo aquietan la exaltación pública, el gesto grandilocuente, la fe de sus seguidores, la incondicionalidad de sus amantes. Con Adolf Hitler y Joseph Stalin ocurría algo parecido. Son líderes que necesitan siempre más adulación, más cuerpos, más violencia, más ruido, más confirmación de su propio poder. Cuando el espectáculo decae, la angustia regresa.
La serie sugiere que Mussolini no es una anomalía del pasado, sino una forma de ejercer el poder público altamente seductora cuando cunden la frustración y la rabia. No es raro, entonces, que en la serie aparezcan varios de los rasgos que hoy inquietan en la escena mundial. Un liderazgo de tono mesiánico. La exaltación de la fuerza y la virilidad. El culto a la acción y el desprecio por la deliberación y la justificación racional. El uso intensivo de símbolos. La transformación de cada gesto en un acto comunicacional. La confusión deliberada entre vida privada y poder. Y una relación casi erótica con la dominación.
Es una forma de “habitar el poder” que promete acción donde había parálisis, emergencia donde había procedimientos, eficacia donde había inercia; ofrece una salida —arriesgada y a veces brutal— al cansancio con la demora y la postergación. Su atractivo es hoy incuestionable, lo vemos día a día.
El Pingüino y M: Il Figlio del Secolo permiten reconocer esos impulsos no como caricaturas, sino como síntomas. Mirarlas con atención es una forma de entender el mundo en que estamos. Un buen ejercicio para las vacaciones.