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Editorial
Lunes 09 de febrero de 2026
Xi despliega su estrategia
Hace pocos días, Beijing volvió a jugar una carta que durante décadas fue marca registrada de Washington: presentarse como el adulto responsable del “orden basado en reglas”.
En dos contactos seguidos, Xi Jinping habló con Vladimir Putin y al día siguiente con Donald Trump. El mensaje común no fue solo “intereses chinos”, sino una arquitectura basada en prudencia, multilateralismo y reglas. Mientras, Estados Unidos aparece como el actor impredecible.
Con Trump, Xi puso el asunto de Taiwán en el centro como “la primera línea roja”, advirtiendo contra las ventas de armas después del paquete récord aprobado por Washington de US$ 11,1 mil millones. Beijing no se mueve de su posición: la isla “forma parte del territorio chino” y cualquier señal de “independencia” será tratada como amenaza estratégica.
Antes, con Putin, habían acordado mantener el nivel de cooperación con Venezuela y Cuba ante la presión de Trump. Es el Caribe como escenario de una disputa mayor, donde Beijing exhibe su capacidad para sostener a socios asediados por sanciones e incomodar a Washington en su vecindario.
El contraste se vuelve nítido cuando EE.UU. impulsa “clubes” fuera de los carriles multilaterales. Por ejemplo, apoyó un bloque preferencial de minerales críticos discutido con 55 países y un acopio estratégico de US$ 12.000 millones. De esta forma, China queda retratada como “problema” a contener y, frente a eso, Beijing responde con su receta: más Naciones Unidas, más procedimientos, más legalidad.
Todo esto calza con la nueva narrativa oficial china, sustentada en el “verdadero multilateralismo”, fortaleciendo la autoridad de la ONU y la centralidad de sus organismos, como repitió el canciller Wang Yi al cierre del año pasado y en la recepción diplomática de 2026. Así, Beijing habla de la Carta de la ONU, la OMC y de foros como el G20 como árbitros “neutrales”, una apropiación simbólica del manual liberal que EE.UU. exportó desde 1945. Y con esto busca seducir a otros importantes actores del sistema político internacional.
Se trata de un hábil giro político, en que China hace suyo el vocabulario occidental para denunciar coerción y el uso de los aranceles como armas. La ironía es evidente. EE.UU. diseñó el relato de un “orden mundial basado en reglas”, pero hoy, frente a Trump, es Beijing quien intenta vestirlo y venderlo. No por altruismo, sino porque las reglas —cuando le convienen— son su mejor escudo para expandir su influencia sin disparar un tiro.
Washington y A. Latina: entre el caso a caso y los impulsos
Desde la captura de Nicolás Maduro, a comienzos de enero, Donald Trump proyecta hacia América Latina y el Caribe una mezcla de mano dura, presión selectiva y acuerdos tácticos que se parece menos a una doctrina y más a un tablero de “caso a caso”. El propio Trump lo insinuó al anunciar que EE.UU. “administraría” Venezuela hasta una “transición segura”, una suerte de gestión a distancia que parece reconfigurar el tono de toda la región: cuando Washington demuestra que puede ir por un jefe de Estado, el resto entiende que el margen de error se achica.
Con ese telón de fondo, el giro respecto de Gustavo Petro es lo más revelador. Hace apenas semanas, Trump lo había retratado como un “hombre enfermo” que gobernaba un “país enfermo”, y hasta coqueteó con la idea de una operación militar. Sin embargo, la semana pasada, la Casa Blanca recibió a Petro a puertas cerradas durante más de dos horas y su portavoz, Karoline Leavitt, aseguró que Trump entró “con muy buena disposición”. Además, el contexto político colombiano hace el gesto aún más cargado, ya que Petro está en la recta final y la primera vuelta presidencial está fijada para el 31 de mayo.
¿Cómo se entiende ese giro? Precisamente como la evidencia de que Trump no está aplicando una sola estrategia regional, sino una relación transaccional, con amenazas públicas para marcar jerarquía y negociaciones cuando el costo de la escalada se vuelve incómodo. Colombia es demasiado importante en migración, narcotráfico y seguridad como para quedar en el limbo de una retórica incendiaria. El “castigo ejemplar” venezolano puede servir para disciplinar, pero no reemplaza la necesidad de gestionar socios.
La segunda pieza es Cuba. Mientras el presidente Miguel Díaz-Canel insistía en que no hay negociaciones “formales”, la Casa Blanca respondió que sí existen conversaciones y exigió “prudencia” a La Habana. En paralelo, la crisis energética en la isla se agrava: el gobierno anunció un plan de racionamiento ante la escasez de combustible y apagones, en medio de nuevas presiones estadounidenses sobre el suministro. Y, como contrapunto “humanitario” (que también es político), Washington anunció US$ 6 millones adicionales de ayuda para el oriente de la isla tras el paso del huracán Melissa, elevando el total a US$ 9 millones. Es decir, zanahoria y garrote en la misma escena.
La tercera pieza es el relato. El 5 de febrero, Trump dijo que líderes latinoamericanos son “astutos” por enviar a su “gente mala” a Estados Unidos, un discurso que vuelve a poner a la región en el lugar de un problema exportador de criminalidad y migración. Esa frase, en un desayuno con líderes religiosos, no fue un desliz, sino la señal de que la Casa Blanca seguirá usando el tono doméstico de campaña para ordenar su política hemisférica.
El resultado es una diplomacia de impulsos: Venezuela como advertencia, Colombia como ajuste pragmático, y Cuba como laboratorio de presión y diálogo a la vez. Y para los gobiernos latinoamericanos la lectura es incómoda pero clara, porque con Trump, el vínculo con Washington ya no se parece a una “política hacia la región”, sino a una sucesión de negociaciones bilaterales bajo asimetría, donde el margen lo define la urgencia del día y el humor del Presidente.