La famosa frase de Rubén Darío (haciendo alusión a un cuchillo clavado en el corazón) —“si me lo quitas, me muero; si me lo dejas, me mata!”— no solo es aplicable al amor, como pretende hacerlo el poeta; hay veces que es aplicable a la política.
Esta es una de ellas.
Michelle Bachelet ha sido clavada en el corazón del nuevo gobierno, y hoy Kast no sabe qué hacer. Por eso ha postergado hasta el 11 de marzo un pronunciamiento. Dejarlo (apoyarla) es un problema, pero sacarlo es también un problema.
La “operación ONU” se ha transformado así en una operación política sofisticada del actual gobierno, en una candidatura que —de acuerdo a los onulogos— prácticamente no tiene posibilidades de que sea exitosa. Una trampa perfecta. Un asunto de Estado que ha sido manejado entre el comité político y el Segundo Piso. Un objetivo local, revestido de una aspiración mundial.
Presentar la candidatura junto a México y Brasil, más que una señal de fortaleza (el respaldo de los dos países más poblados de la región), da cuenta de que además de tratar de complicar al nuevo gobierno, se pretende hacer un testimonial frente anti-Trump. Peor aún.
Pero el cuchillo quedó clavado en la política local. Y dejarlo o sacarlo es problemático para el futuro gobierno.
Si Kast apoya la candidatura de Bachelet, se transformará en la primera gran “traición” a su base de apoyo. Algo parecido a lo que le ocurrió a Boric cuando no apoyó el retiro de las AFP en su primer mes de mandato (y a partir de ahí, la popularidad bajó para siempre al 30%).
Bachelet representa el antagonismo de lo que piensa el nuevo gobierno, por lo que un apoyo no sería más que confirmar que la promesa de un gobierno cafeinado no era tal. Obligaría a una gimnasia política tan forzada que amenazaría con provocar un desgarro ideológico a su sector.
Si Kast no apoya la candidatura de Bachelet, será acusado de mezquindad, de no entender la diplomacia, de confundir convicciones con resentimiento. Además, para un país provinciano y lejano como el nuestro, el sueño de tener a alguien conocido en la calle principal del mundo termina generando siempre una ilusión transversal. Cuando nombraron a Bergoglio Papa, los K (que lo detestaban) y los conservadores (que lo detestaban también) terminaron celebrando juntos. La cordillera no es tan alta en la idiosincrasia del Cono Sur…
Bachelet hizo un mal gobierno. De eso ya quedan pocas dudas. En especial su segundo mandato, cuyas reformas políticas, económicas y educacionales fueron desastrosas. Su rol partisano, juntando a la centroizquierda concertacionista con el Partido Comunista, marcó un antes y un después para el país. Y su apoyo a la Constitución partisana de 2022 es difícil de olvidar.
Sin embargo, nadie puede dudar que Michelle Bachelet tiene con creces credenciales democráticas para ostentar ese cargo. Podrá haber hecho un mal gobierno, pero el país no retrocedió un ápice en su estatus democrático. Su rol como alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos no se caracterizó por la osadía, pero no hay nada que se le pueda reprender.
Hay que decirlo claramente: Bachelet cumple los requisitos para ejercer el cargo en la ONU aunque no tenga posibilidades reales de ser elegida. No es una desconocida en Naciones Unidas. No llegó ahí por accidente ni por cuota simbólica. Tiene redes, experiencia y es un nombre que abre puertas.
José Antonio Kast —quien ha construido su liderazgo en torno a la idea de orden, responsabilidad y defensa del interés nacional— tiene aquí una oportunidad política poco común: demostrar que su proyecto no es sectario ni revanchista, sino capaz de distinguir entre la contienda electoral y el bien mayor del país. Eso, lejos de debilitarlo, podría fortalecerlo.
Y pese a haber sido una operación tramposa de Boric, y a sus escasas posibilidades de éxito, apoyar a Bachelet en la ONU no sería una claudicación. Sería, simplemente, un acto de realismo y responsabilidad de Estado. Y eso, para alguien que aspira a gobernar, nunca debiera ser opcional.