Una vigorosa corriente ciudadana se extiende hoy en la sociedad norteamericana para expresar en múltiples formas el rechazo a la degradación moral y política que encarna el gobierno de Donald Trump. El punto de inflexión fueron los asesinatos de dos ciudadanos en las calles de Mineápolis, una madre de tres hijos y un enfermero de 37 años, por parte de la fuerza paramilitar conocida por la sigla ICE, a cargo de las redadas de inmigrantes con métodos que muchos manifestantes han asociado con la Gestapo.
El 21 de enero, Tomás L. Friedman publicó en The New York Times una columna titulada “El presidente más antiestadounidense de nuestra historia”. Allí señaló: “Los peores impulsos antiestadounidenses de Trump y su pereza intelectual estuvieron contenidos en su primer mandato en la Casa Blanca por un grupo de asesores serios. Esta vez, no hay nadie que los contenga. Se ha rodeado de aduladores. Así que ahora Trump está, básicamente, gobernando nuestro país como gobernó sus empresas: como un show de un solo hombre, libre para cerrar acuerdos terribles.
“Ese estilo de gestión llevó a seis presentaciones de quiebra de sus compañías. Lamentablemente, hoy todos somos sus accionistas, y temo que nos vaya a llevar a la quiebra como nación —moralmente seguro, y quizá algún día también en lo financiero y lo político”. Friedman afirmó que la pregunta obligatoria es esta: “¿Estados Unidos está siendo gobernado ahora por un rey loco?”.
Trump ha convertido a EE.UU. en el mayor factor de inestabilidad internacional, como les consta a los miembros de la OTAN, pero sobre todo a Canadá, Dinamarca, México, Panamá, Colombia y otros países amenazados directamente. Los ataques militares contra Irán, Irak, Nigeria, Somalia, Siria, Yemen y Venezuela repusieron la política del Big Stick. El orden surgido después de la II Guerra Mundial está desapareciendo, y solo queda reconocerlo, dijo el Primer Ministro de Canadá.
EE.UU. no proyecta fuerza hoy, sino debilidad; no inspira respeto, sino desconfianza. Los líderes europeos están, finalmente, sacando las conclusiones del caso. También China y Rusia. Es evidente para todos que a la cabeza de EE.UU. se encuentra un hombre errático y peligroso, cuya salud mental se deteriora a ojos vista.
Pese a sus insuficiencias, la democracia norteamericana fue capaz de construir diques contra el autoritarismo a lo largo de 235 años, lo que le permitió neutralizar el riesgo de que un gobernante pudiera socavarla desde dentro. Eso terminó con Trump, quien ha violado la Constitución, despreciado el sistema de contrapesos institucionales, usado el Departamento de Justicia para perseguir a los adversarios, abusado de su condición de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y pulverizado toda noción de probidad al convertir la Casa Blanca en el centro de los negocios familiares. The New York Times estimó las ganancias obtenidas en 2025 en más de 1.400 millones de dólares.
En enero, el exfiscal Jack Smith informó al comité judicial de la Cámara de Representantes sobre su investigación respecto de las maniobras de Trump para desconocer los resultados de la elección presidencial de 2020, así como respecto del manejo irregular de documentos clasificados. Dijo Smith que, más allá de toda duda razonable, las pruebas muestran que Trump “incurrió en actividades delictivas”. Hoy, pocos dudan de que el asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021, fue un intento de autogolpe.
Son ajenos a Trump los principios que dieron soporte a la democracia en EE.UU. Allí están su racismo desvergonzado, su concepción del poder como técnica para someter y avasallar, su matonismo sin límites, su increíble capacidad para mentir. Los documentos del caso Epstein, cabeza de una red de pedofilia y prostitución, en los que aparecen Trump, Elon Musk y Bill Gates, entre otros, han tenido efectos devastadores.
El Estado de Derecho enfrenta en EE.UU. la prueba más dura de su historia, y no está claro cómo saldrá de ella. Los estragos no se explican, por supuesto, por la acción de un solo hombre. Fueron necesarios graves errores de los adversarios y la complicidad de numerosos multimillonarios con pocos escrúpulos para que Trump volviera al poder pese a sus antecedentes judiciales.
Todas las encuestas muestran hoy una desaprobación mayoritaria a Trump. El Partido Republicano, que validó hasta ahora todos sus excesos, empezó a tomar distancia, en particular los parlamentarios, que no quieren hundirse en la elección de noviembre próximo. Sobran las razones para realizar un juicio político al gobernante.
Está en marcha un proceso de regeneración democrática en EE.UU. que tiene enorme trascendencia para todo el mundo.
Sergio Muñoz Riveros