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Editorial
Miércoles 04 de febrero de 2026
Pase cultural
Sin adecuados análisis y resguardos, una iniciativa destinada a promover la cultura se vuelve ocasión para la trampa y el abuso.
La polémica que se ha suscitado por el Pase Cultural comenzó con la publicación de distintos mensajes en redes sociales en los que jóvenes beneficiados por el programa instruían a los demás sobre la forma de burlarlo. Y era muy simple. El programa fue aprobado en mayo de 2025 y consiste en un regalo de 50 mil pesos a los jóvenes cuando cumplen 18 o 19 años (originalmente incluía también a los mayores de 65). Se requiere, además, que los beneficiados pertenezcan a los dos primeros quintiles de ingreso, es decir, al 40 por ciento menos favorecido de la población. Este aporte, forzosamente, debe ser gastado en actividades culturales, tales como comprar libros o música, o asistir a conciertos, al teatro, cine o museos. Pero algunos jóvenes descubrieron que bastaba con comprar libros, esperar un par de días y luego devolverlos, lo que hacía que la librería les restituyera el dinero. La restitución iba a sus cuentas bancarias sin restricciones en cuanto a cómo gastarlo, con lo que los 50 mil pesos quedaban a libre disposición de quienes los habían recibido con la finalidad de fomentar su consumo cultural.
Ante este hecho, el futuro ministro de Culturas, Francisco Undurraga, anunció que el programa se suspendería el 11 de marzo, cuando él asuma oficialmente sus funciones. El exministro del ramo, Luciano Cruz-Coke, recordó que el mismo programa fue una iniciativa que se estudió durante el primer gobierno de Sebastián Piñera, pero que ante las dificultades de controlarlo se desechó la idea. Pese a ello, el actual gobierno sacó adelante el proyecto asignándole 15 mil millones de pesos en el presupuesto y aunque lo que se gastó en el segundo semestre de 2025 no alcanzó ni a un tercio de lo previsto, propusieron elevar el gasto a 26 mil millones para el 2026. Pero en la discusión en el Congreso el programa quedó reducido a menos de 9 mil millones de pesos.
La actual ministra de Culturas, Carolina Arredondo, salió al paso de las declaraciones del futuro ministro diciendo que ella ya hizo la denuncia al Consejo de Defensa del Estado y que unas pocas personas que habían hecho mal uso del programa no justificaban su cierre. Agregó que había conocido a muchos jóvenes que habían podido acceder a actividades culturales gracias a este programa. Se sumó a esta postura el Presidente Boric, quien criticó que a raíz de un reportaje periodístico se elimine sin más antecedentes el pase cultural. El futuro ministro, en cambio, hizo un llamado a la Contraloría para que realice una auditoría al programa, añadiendo: “Ya basta de abusos”. En todo caso, se hizo presente que el programa no quedará eliminado, pero sí suspendido hasta que se puedan superar las deficiencias que hoy presenta y que hacen muy fácil burlarlo. Si son pocos los que lo han hecho hasta ahora, es muy probable que la misma polémica haya difundido la información para que todos los interesados en realizar un engaño puedan hacerlo sin mayores trabas.
El programa del Pase Cultural no es original de Chile, puesto que ya existe algo semejante en varios países. En Buenos Aires, Argentina, con el mismo nombre, se entregan 4 mil pesos argentinos por semestre a jóvenes de 16 y 17 años. En Francia se hizo como plan piloto por tres años antes de generalizarlo. En España también existe un programa similar que solo permite gastar el dinero en actividades y tiendas previamente autorizadas, sin que se admita la devolución de dinero.
Las dificultades fiscales por las que atraviesa Chile sin duda son otro elemento que debe ser considerado en el análisis de un pase gratuito a ciertas actividades. Parecería ser un programa que no es difícil de comparar con otros en cuanto a sus beneficios y costos, pero es necesario estudiar también cuidadosamente los riesgos que implica si no está bien analizado, lo que en este caso no parece haberse tomado en cuenta. Fomentar la cultura es un fin noble, pero si no se lo hace bien, puede terminar estimulando la “pillería” en lugar de acrecentar las actividades culturales.