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Editorial
Martes 03 de febrero de 2026
Candidatura de Bachelet a la ONU
El manejo que se ha hecho de un asunto de Estado lo acerca peligrosamente a una operación política de destino incierto.
Faltando apenas un mes y algunos días para el fin de su gobierno, el Presidente Boric finalmente oficializó la candidatura de la expresidenta Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Se trata de una de las decisiones de política exterior más relevantes de esta administración. Esto, no solo por la importancia del cargo, sino además porque Boric ha presentado la postulación en conjunto con las dos principales potencias latinoamericanas, como son Brasil y México. Con ello, ha ampliado los alcances de la candidatura, pero arriesgando comprometer los márgenes de acción del país. Por lo mismo, constituía este un asunto de aquellos que pueden ser genuinamente considerados como de Estado. Sin embargo, la forma en que el mandatario y su administración lo han manejado ha distado de aquello, acercándolo peligrosamente a una mera operación política de destino incierto.
Desde luego, el primer anuncio de la postulación, en septiembre, al intervenir Boric ante la Asamblea de la ONU, se efectuó sin haber hecho previamente ningún intento por construir un consenso nacional al respecto: ni los líderes de la oposición, ni las distintas candidaturas presidenciales, ni las instancias de consulta experta en materia de política exterior fueron informadas del paso que el mandatario daría. Con ello, se impidió una discusión razonada y transversal respecto de la candidatura, sus posibilidades y su funcionalidad con los intereses permanentes de Chile, como corresponde cuando se trata de decisiones de Estado. Solo una vez hecho el anuncio, el Presidente, su vocera y las fuerzas oficialistas vinieron a apelar a ese sentido de Estado del que antes habían prescindido, llamando a la oposición a plegarse sin más a una postulación en cuyo origen no tuvo participación alguna. Así, la candidatura partió cargando un pesado lastre. Poco contribuyó a alivianarlo el que la propia exmandataria entregara en la última campaña su público apoyo a Jeannette Jara. Tal era una opción legítima, pero difícil de conciliar con una candidatura que, se pretende, encarne cierta unidad nacional. Es demasiado contradictorio alertar primero contra el avance de una supuesta “ultraderecha” y luego esperar el apoyo del sector al que así se moteja.
Con todo, quien más ha conspirado contra las posibilidades de la expresidenta ha sido su gran impulsor: el Presidente Boric. Este ha buscado una y otra vez confrontar durante estos meses al Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dañando gravemente la relación con ese país, como lo ha hecho notar el embajador norteamericano. El punto es que, por su calidad de miembro permanente del Consejo de Seguridad, EE.UU. juega un papel de gran elector respecto de la Secretaría General de la ONU, incluso con poder de veto. Lejos de asumir realistamente aquello, Boric se ha empeñado en enajenar cualquier posibilidad de lograr su respaldo. Y es entonces cuando surge la interrogante de cuál es, en verdad, el objetivo que persigue el mandatario: si se trata efectivamente de lograr que la expresidenta Bachelet se transforme en la primera mujer al frente del más importante organismo internacional o si solo busca hacer de esta candidatura un gesto testimonial que redunde en su propio perfilamiento dentro de la izquierda mundial. En este sentido, la decisión de presentar la postulación en conjunto con Brasil y México también tiene más de una lectura. Constituye, sin duda, una señal de fortaleza el respaldo de los dos países más poblados de la región, pero también asoma la imagen de un frente de izquierda o incluso de un frente anti-Trump. No es evidente que vaya en el interés de Chile enfrascarse en una batalla así, probablemente además condenada al fracaso.
Pero hay todavía una tercera lectura posible y es el modo en que esta presentación conjunta parece querer condicionar —¿otro amarre?— las decisiones que pueda tomar el próximo gobierno: continuar o no con la postulación, y la forma de hacerlo, ha pasado a ser, desde ayer, un asunto que ya no solo incumbe a las autoridades nacionales, sino que eventualmente incidirá en nuestra relación con dos potencias regionales.
El Presidente electo, José Antonio Kast, ha sido hasta ahora especialmente cauto respecto de la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU, en una señal de respeto a la trayectoria de la exmandataria y a las atribuciones del Presidente en ejercicio. Sin embargo, la forma en que este último ha manejado el tema parece diseñada para dificultar cualquier decisión que pueda adoptar el futuro gobierno, cual si se buscara tenderle una suerte de trampa política que lo ponga ya sea en conflicto con su propio sector —crítico de la candidatura— o con importantes mandatarios extranjeros. Cabe esperar que, a diferencia de su predecesor, Kast sepa enfrentar el tema con real sentido de Estado y adoptar las resoluciones que verdaderamente convengan al país.