La natalidad cae en Chile como un piano lanzado desde la azotea. Las estimaciones del INE muestran que la tendencia se acelera. Al paso que vamos, en 2028 habrá más defunciones que nacimientos.
Se trata de una emergencia que no figura en las prioridades de nadie. Hace poco hubo un arduo debate previsional, pero allí no se discutió sobre el elefante en medio de la habitación: el imparable envejecimiento de los chilenos. En 2045 los mayores de 65 triplicarán en número a los menores de 15. Un prestigioso académico pide que las autoridades del Estado sinceren “cuál es el costo asociado a las políticas que hemos legislado”. ¿No habría sido prudente sacar las cuentas antes de legislar?
Surgen explicaciones. Se acusa que hoy es caro tener hijos; que la vivienda y la salud son muy gravosas; que ser padres es estresante; que las mujeres se ven obligadas a escoger entre trabajo y maternidad; que la educación pública es mala y la privada, impagable; que escasean las oportunidades de ascender en la escalera social; que la exigencia laboral es demasiado elevada y los sueldos muy bajos; que los precios suben y suben; que el problema resulta inabordable porque es de alcance global; que traer niños al mundo en la era del Antropoceno perjudica al medio ambiente…
Es, sin duda, un dilema complejo. Sin embargo, todos intuimos que, en el fondo, la cosa no va por ahí. La multidimensionalidad de la crisis lleva a concluir que estamos ante un problema estructural que no solo se vincula con razones emocionales o materiales, sino que arraiga en cuestiones más hondas.
Pese a que la intuición existe, nadie se atreve a verbalizarla ni, menos aún, a confrontarla. Parece que es mejor no hablar de ciertas cosas, aunque resulten evidentes, porque eso conduce a discusiones incómodas que preferiríamos evitar.
Porque al final, ¿qué es la crisis demográfica sino una crisis del espíritu, de aquella demanda existencial que nuestros sentidos no captan, pero que, sin embargo, está allí viva y coleando? La desesperanza que provoca que los seres humanos no deseen procrearse tiene que ver con cuestiones intangibles que necesitan ser abordadas si no queremos continuar despeñándonos por la cascada poblacional. De nada ha servido esconder el asunto bajo la alfombra. Seguir mirando al techo parece irresponsable y frívolo.
Resulta impostergable conversar sobre cuestiones como la evidente precariedad de la institución familiar que diluye vínculos esenciales; del impacto de ciertas tecnologías en el aislamiento social; del individualismo que pretende ignorar el hecho obvio de que vivimos juntos; del miedo al compromiso y la falta de confianza que corroen el capital social; de la banalización del amor y la libertad; de algunas prácticas médicas que acrecientan el problema; del consumismo que invierte las prioridades; del impacto que tiene para la vida comunitaria el extravío de la religiosidad…
Hasta ahora eludimos estos temas “valóricos”, porque nos hemos convencido de que nos dividen, de que tras ellos se esconden “doctrinas comprensivas” que imposibilitan el solapamiento de consensos o de que hay otras emergencias más urgentes. Pero ¿qué clase de política tenemos si ella no contribuye a poner en común problemas acuciantes como este y a encararlos desde una pluralidad diferenciada?
La crisis demográfica está aquí hace rato. El país necesita dejar de hacerse el leso y empezar a hacerse cargo. Esta es otra emergencia que el entrante gobierno no podrá eludir ni abordar con soluciones puramente técnicas. Los asuntos valóricos, sostiene el filósofo Michael Sandel, están siempre agazapados detrás de cuestiones aparentemente neutrales. A la larga, es imposible deshacernos de ellos por un mero acto de voluntad. Las crisis se enfrentan o luego nos estallan en la cara, como ya está sucediendo con esta.