Nuestro Presidente electo atribuyó recientemente todos nuestros males a haber tolerado durante mucho tiempo la mediocridad. Parece irrefutable.
Es, sin duda, un diagnóstico razonable e indica a un panorama dentro del aparato estatal en el que predomina ni una alta competencia ni una nula, sino un término medio, una competencia que habilita mínimamente para realizar las funciones de cada cual, pero a un nivel bajo.
Un autor, cuyo nombre no recuerdo, formuló una ley según la cual el mediocre tiende a sobrestimar sus propias habilidades, mientras el altamente competente, a subestimar las suyas. Puede ser que eso le haya sucedido a José Ingenieros, que escribió un libro muy mediocre titulado “El hombre mediocre”, en el que se exalta al hombre superior. El problema, pues, es la cautela que debe tenerse al calificar de mediocres a los demás, pudiendo ocurrir, según la ley mencionada más arriba, que uno mismo sea un mediocre que está, como es común a este, sobrestimando sus propias cualidades. La regla sería: cuidado al calificar de mediocre a los demás. De lo contrario puede caerse en una arrogancia ilusoria. El problema de fondo, en definitiva, es definir quién tiene la autoridad para determinar lo uno y lo otro, porque, en fin, solo alguien que tenga altas competencias puede señalar al mediocre y al mero incompetente.
Sin embargo, los romanos celebraban la mediocridad. El poeta latino Horacio, en el libro segundo de sus odas, se refiere a la “aurea mediocritas”, la mediocridad dorada, como un estado que debe ser celebrado, ya que se aleja de los extremos y promueve una discreta moderación. La idea proviene de Aristóteles, quien, como usted bien sabe, propuso que la virtud resulta de un término medio entre dos extremos viciosos.
La mediocridad puede ser la táctica de un débil talentoso frente a un poderoso envidioso y mediocre él mismo. En la literatura aparece muchas veces la figura del viejo y esforzado funcionario que es considerado un incompetente por un novato arrogante que quiere defenestrarlo.
La mediocridad —no la mera incompetencia— tiene sus virtudes: cumple, aunque sea a medias, sin aspaviento ni ostentación. Su figura es símbolo de humildad y reflejo de la medianía, que es el rasero común a todo lo humano.
Puede ser odioso pertenecer a una institución que persiga obsesivamente la excelencia, como si el mundo estuviera plagado de seres de óptimo semblante que están esperando en filas ocupar el puesto del supuesto mediocre. Porque quizás la tarea del líder sea arar con los bueyes que se tengan y convertir el plomo en oro.