Chile enfrenta una encrucijada estratégica. Durante décadas, las telecomunicaciones impulsaron competitividad, integración territorial y desarrollo económico y social. Sin embargo, el marco regulatorio que impulsó esos avances se basó en maximizar el número de actores como sinónimo de competencia, mientras las cargas regulatorias para las empresas de telecomunicaciones se acumulaban, alentadas por los beneficios que traían las nuevas tecnologías. Hoy, en un contexto de 5G, inteligencia artificial, mayores exigencias de ciberseguridad e inversiones intensivas en infraestructura crítica, ese enfoque muestra evidentes señales de agotamiento.
El verdadero desafío no es tecnológico, sino financiero. Para que la industria siga habilitando el progreso del país, debe recuperar la capacidad de generar y atraer recursos para invertir. Sin sostenibilidad financiera, no habrá redes modernas ni innovación. Esto exige una modernización regulatoria profunda: simplificación de cargas regulatorias, mayor flexibilidad en el uso del espectro y adaptación ágil a tecnologías emergentes, tanto en redes móviles como fijas.
Como punto de partida, la conectividad debe reconocerse como infraestructura estratégica, al igual que la energía eléctrica y el agua, incorporando estándares de ciberseguridad, continuidad operativa y resiliencia ante emergencias y cambio climático. Asimismo, es imperativo eliminar asimetrías regulatorias entre operadores tradicionales y plataformas digitales. Las grandes plataformas de contenido deben asumir corresponsabilidad en la sostenibilidad de las redes, contribuyendo a la infraestructura y eficiencia, pues son las principales usuarias de esas redes.
El debate público ha privilegiado qué accionistas entran o salen del mercado, pero eso oculta lo esencial: la necesidad de garantizar la sostenibilidad financiera del sector y la urgencia de revisar la estructura de este mercado. La atomización excesiva no fortalece la competencia; al contrario, erosiona márgenes, multiplica duplicidades e impide alcanzar la escala necesaria para financiar los continuos ciclos de inversión. Ahí la evidencia internacional es clara: mercados con operadores fuertes, reglas previsibles y compromisos de inversión logran más despliegue, mejor calidad y sostenibilidad de largo plazo sin sacrificar competencia. Basta ver en Estados Unidos, Brasil y Reino Unido cómo han logrado modelos que compatibilizan escala con competencia vigorosa y obligaciones de servicio. Chile ya perdió terreno en 5G, pese a haber sido pionero, y no es un problema tecnológico, sino financiero: una industria fragmentada, con ingresos a la baja y reglas que no reconocen su rol crítico. Aquí está el punto de inflexión: la regulación debe garantizar no solo precios competitivos, sino la capacidad real del sector para sostener inversiones masivas y continuas que habiliten redes modernas e impulsen innovación. La pregunta no es si un operador se va o se queda; la discusión relevante es cómo aseguramos la infraestructura digital que permita a Chile competir y no quedar rezagado en el gran habilitador del desarrollo: las telecomunicaciones.
Desde la experiencia empresarial y académica, urge un marco que supere la obsesión por el número de actores y adopte una visión estratégica basada en eficiencia, inversión y competencia dinámica. Operadores con escala suficiente, regulación eficiente y espectro disponible a costo razonable, complementados con obligaciones de acceso justo para los operadores móviles virtuales (OMV), son la fórmula para mantener precios competitivos, mejorar la calidad y garantizar la inversión que Chile necesita. Y debe ir acompañada de corresponsabilidad empresarial, optimizando procesos internos y eficiencia operativa para ajustar la ecuación de costos a la nueva realidad tecnológica y sostener el ciclo de inversión que demanda la próxima década.
Con todo eso, una arquitectura regulatoria, de mercado y operativa moderna permitirá redes resilientes, soluciones digitales avanzadas, mayor productividad y una economía digital pujante. Porque si Chile aspira a un crecimiento inclusivo y competitivo, requiere conectividad robusta y de clase mundial. Esa es la apuesta estratégica para el próximo gran salto de desarrollo.
Juan Vicente Martín Fontelles
Presidente y CEO de Telefónica Movistar Chile