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Editorial
Miércoles 28 de enero de 2026
Expectativas y señales
Los inversionistas toman sus decisiones sobre la base de las perspectivas de rentabilidad y no como una palanca ideológica.
Distintas mediciones post segunda vuelta revelan un evidente repunte en las expectativas de consumidores y empresarios, lo que podría contribuir a un escenario de mayor dinamismo durante 2026.
Incluso desde antes que la economía se estableciera como ciencia, en el siglo XVIII, ya se sabía del estrecho vínculo entre las expectativas y el desempeño económico. Existe abundante evidencia al respecto, así como estudios sobre cómo ese vínculo ha incidido en momentos clave de la historia económica. De alguna forma —y aunque el fenómeno es mucho más complejo—, el pesimismo o el optimismo respecto del futuro pueden terminar siendo autoconfirmatorios.
En Chile, la próxima llegada de un nuevo gobierno, que ha puesto como uno de sus ejes la recuperación del dinamismo, sumada a la perspectiva de una reducción impositiva y a los planes de simplificación regulatoria, están produciendo un notorio cambio en el ánimo empresarial. Diversos han sido los anuncios de reactivación de proyectos en distintos ámbitos, lo que, sumado al rally alcista del cobre, lleva a muchos a anticipar un 2026 al alza.
Erróneamente, un sector de la izquierda asume estos fenómenos como el resultado de una especie de chantaje ideológico del mundo empresarial, según el cual los privados invertirían durante gobiernos que sienten más afines y se restarían de hacerlo en los de signo contrario, como una forma de perjudicar a estos. En realidad —y así lo demuestran la historia y la investigación económica—, el mundo empresarial —en todas partes y en todo lugar— toma sus decisiones sobre la base de las perspectivas de rentabilidad y no como una palanca ideológica. Y es esa perspectiva de rentabilidad lo que parece haber cambiado con la última elección.
Por lo mismo, sin embargo, generan confusión señales de algunos actores privados cuando, en vez de refrendar esa lógica, parecen establecer una suerte de vínculo político con una determinada administración. Ello es doblemente contraproducente. Desde luego, porque no es real, en cuanto —como está dicho— las decisiones de los actores económicos obedecen a dinámicas distintas de la mera afinidad o antipatía ideológicas, como lo han comprobado gobiernos de muy distinto signo. Pero, además, porque se presta para malentendidos respecto de las motivaciones de los distintos actores, abriendo campo para la especulación y la desconfianza.
El dinamismo empresarial es clave para que una sociedad se desarrolle. Para ello es fundamental generar un ambiente propicio. Lamentablemente, lo ocurrido en los últimos años en el país ha sido justamente lo contrario, con un discurso y una agenda de claro sesgo antiprivados y cuyos resultados están a la vista: alto desempleo y bajo crecimiento. En la última elección, el país optó por una corrección de rumbo que está despertando grandes expectativas. Es natural que ese escenario encienda el optimismo, pero en sus posicionamientos y declaraciones el mundo empresarial debe ser prudente, evitando dar lugar a equívocos que afecten precisamente ese clima de confianza y certezas que requiere el país.