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Editorial
Martes 27 de enero de 2026
El discurso de Carney
No levanta la voz ni apela a consignas morales para enfrentar a Trump.
El discurso del Primer Ministro canadiense, Mark Carney, en el reciente Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) se transformó en uno de los momentos políticos más comentados del encuentro. No fue un discurso complaciente ni diseñado para tranquilizar a los mercados. Por el contrario, Carney habló de una ruptura profunda del orden internacional, señalando que el mundo ya no transita hacia un nuevo equilibrio, sino que se desliza hacia una etapa marcada por la coerción económica, la fragmentación comercial y el uso deliberado de las cadenas de suministro como herramientas de presión política.
La frase que sintetizó su diagnóstico —“si no estás sentado a la mesa, estás en el menú”— resonó con especial fuerza entre líderes europeos y representantes de economías medianas en los días posteriores. No era una advertencia abstracta, sino una descripción de la realidad que Canadá enfrenta en su relación con Estados Unidos tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
Un ejemplo fue lo ocurrido la semana pasada, cuando Trump amenazó con imponer aranceles de hasta 100% a productos canadienses si Ottawa avanzaba hacia acuerdos comerciales con China, reeditando una lógica de presión bilateral que ya había marcado su primer mandato.
Carney respondió con un equilibrio poco habitual. Reafirmó el compromiso canadiense con el T-MEC (tratado comercial entre México, Canadá y EE.UU., sucesor del NAFTA), descartó explícitamente un tratado de libre comercio con Beijing y subrayó que Canadá no aceptará condiciones que vulneren su soberanía económica. El mensaje fue claro: cooperación sí, subordinación no. No se trató de un desafío retórico, sino de una posición basada en cifras duras y realidades estructurales.
Estados Unidos absorbe cerca del 75% de las exportaciones canadienses y el comercio bilateral supera los US$ 900 mil millones anuales, una de las relaciones económicas más integradas del planeta. Una escalada arancelaria tendría efectos inmediatos sobre el empleo, la inversión y las cadenas industriales en ambos países. Aun así, Carney ha optado por una estrategia que va más allá de la reacción coyuntural: diversificación comercial, reducción de dependencias críticas y fortalecimiento de alianzas con potencias medias.
En Davos, incluso propuso avanzar hacia una convergencia entre la Unión Europea y el CPTPP, creando un espacio económico que abarcaría a más de 1.500 millones de personas. No es un gesto ideológico ni un intento de aislar a Washington, sino una señal estratégica frente a un escenario internacional crecientemente imprevisible. Canadá busca amortiguar la fragmentación global sin renunciar a las reglas que han sustentado el comercio internacional durante décadas.
Ese enfoque explica por qué Carney comienza a perfilarse como uno de los líderes anti-Trump más lúcidos del escenario global. No levanta la voz ni apela a consignas morales. Responde con arquitectura institucional, datos y planificación estratégica. Y, en un mundo dominado por la lógica de la fuerza y la bilateralización extrema, su mensaje resulta incómodo precisamente porque recuerda algo esencial: incluso frente a una superpotencia, los países medianos aún pueden decidir cómo y con quién defienden sus intereses.