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Editorial
Lunes 26 de enero de 2026
La OTAN tras la crisis
La escena parecía escrita para erosionar la credibilidad de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN): un presidente de Estados Unidos insinuando que su país necesitaba “tomar el control” de Groenlandia (territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca) y una Dinamarca obligada a reforzar la presencia militar en la isla para dejar constancia de soberanía. No era solo la disputa por un “pedazo de hielo estratégico”, como dijo Donald Trump en el Foro de Davos, sino una grave crisis dentro de la alianza que organiza la defensa colectiva del Atlántico Norte.
Trump, finalmente, anunció que no tomaría Groenlandia por la fuerza y que no concretaría la amenaza de aranceles de hasta 25% a países europeos si no cedían a sus exigencias. Al parecer, los costos que tendría iniciar otra nueva guerra arancelaria lo llevaron a retroceder. En cambio, anunció un nuevo “acuerdo marco” cuyos detalles se desconocen, pero que, según él, garantizaría los intereses estratégicos de Estados Unidos. Aún está por verse si el retroceso en su reclamación es definitivo o solo táctico.
Como sea, la crisis tocó el nervio de la Alianza Atlántica, aquello que la sostiene: la convicción política de que Washington acudirá —sin ambigüedades— en defensa de cualquier aliado atacado. Pero si el líder del principal garante de la alianza sugiere presión económica o incluso opciones coercitivas contra otro miembro (Dinamarca), el mensaje que reciben Moscú y Beijing no es de “unidad”, sino de “fricción utilizable”. Y ese es un lujo que Europa no puede permitirse cuando el Ártico vuelve a ser tablero de competencia.
Existe un marco histórico-jurídico precisamente pensado para que la defensa del territorio se organice dentro de la alianza, no contra ella. De hecho, el acuerdo de defensa EE.UU.-Dinamarca (1951) permitió bases estadounidenses en la isla en un contexto aliado, con actualizaciones posteriores. En otras palabras: Washington ya estaba ahí legalmente, militarmente y con décadas de historia compartida.
Daños colaterales
Desde su nacimiento (1949), la OTAN ha sido el pilar central de la seguridad euroatlántica. Creada el 4 de abril en Washington por 12 países, bajo el liderazgo de EE.UU. y con Harry Truman como anfitrión, respondió a la amenaza concreta de la expansión soviética liderada por Josef Stalin en una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. El Artículo 5, corazón del tratado, estableció un principio revolucionario: el ataque contra un miembro sería considerado un ataque contra todos.
Durante la Guerra Fría, la OTAN contuvo a la URSS sin disparar un solo tiro directo entre grandes potencias. Crisis como la de Berlín (1948-1961), la guerra de Corea (1950) o la invasión soviética de Hungría (1956) reforzaron su razón de ser. En 1955, la entrada de Alemania Occidental consolidó el frente occidental. Moscú respondió creando el Pacto de Varsovia.
Lejos de desaparecer tras la caída del Muro de Berlín (1989), la OTAN se reinventó. Incorporó a 14 países de Europa Central y Oriental entre 1999 y 2020, extendiendo su paraguas de seguridad hasta las fronteras rusas. Intervino militarmente en los Balcanes en los 90, lideró la misión en Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y hoy ha vuelto a su función original de disuasión frente a Rusia, tras la invasión de Ucrania, en 2022. En ese contexto, en 2024, la OTAN alcanzó 32 miembros, con Finlandia y Suecia como incorporaciones históricas.
Setenta y siete años después, su importancia no radica solo en tanques o presupuestos, sino en algo más frágil y decisivo: la credibilidad de la defensa colectiva. Sin ella, la arquitectura de seguridad occidental se derrumba. Y eso es, precisamente, lo que anhela Vladimir Putin.
Un pilar histórico
En la crisis por Groenlandia, Trump, con sus presiones y amenazas arancelarias, fracturó una confianza que ha tomado décadas construir. Porque si Washington negocia soberanía aliada como si fuera un activo comercial, ¿qué garantía real ofrece sobre el Artículo 5? Y junto con la confianza desafiada, queda en cuestión el valor de la propia presencia militar estadounidense en Europa.
Esa presencia incluye, por ejemplo, arsenales nucleares: desde la Guerra Fría, Washington ha desplegado este tipo de armas en suelo europeo como parte de la política de “nuclear sharing”. Hoy se estima que hay unas 100 armas nucleares B61 repartidas en bases en Bélgica (Kleine-Brogel), Alemania (Büchel), Italia (Aviano y Ghedi), Países Bajos (Volkel) y Turquía (Incirlik).
Además, decenas de miles de tropas estadounidenses y grandes instalaciones como Ramstein (Alemania) o Aviano (Italia) han sido piezas clave de la defensa de Europa por más de 70 años. La sensación de que EE.UU. podría priorizar intereses unilaterales en Groenlandia u otro territorio abre dudas sobre su compromiso estratégico.
Líderes como el Presidente francés, Emmanuel Macron, llevan años promoviendo un mayor rol europeo en su seguridad colectiva, incluso con un diálogo nuclear franco-británico emergente. Pero la realidad es que, por ahora, el paraguas nuclear y la logística militar estadounidenses siguen siendo pilares de la disuasión en el continente. Perder la confianza en ellos sería una herida profunda en la arquitectura de seguridad euroatlántica.