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Cartas
Lunes 26 de enero de 2026
La forma también importa
Señor Director:
El debate en torno al uso de la corbata en la autoridad pública ha sido tratado con ligereza, como si se tratara de una discusión estética o generacional. Sin embargo, el fondo del asunto es bastante más profundo.
La corbata no es una prenda decorativa. Es un símbolo de orden, disciplina y autocontrol. Tradicionalmente, gestos simples como llevar los zapatos lustrados, las uñas limpias o anudarse correctamente una corbata han sido entendidos como señales mínimas de respeto por uno mismo y por la función que se ejerce. No garantizan virtud, pero sí establecen un estándar.
Los símbolos preceden a la conducta. Cuando desde el poder se relativizan deliberadamente las formas, no se está siendo neutral: se transmite la idea de que el rol institucional puede confundirse con la identidad personal. La investidura se diluye y la autoridad deja de ser institucional para volverse subjetiva.
Basta imaginar a las Fuerzas Armadas renunciando a la formalidad de sus uniformes de salida para entender el punto. No se trata de conservadurismo, sino de coherencia simbólica. El uniforme, como la corbata, no es para quien lo usa, sino para quienes confían en la institución que representa.
Gobernar no es un ejercicio de espontaneidad ni de autenticidad individual. Es asumir una función que excede a la persona. La corbata, en ese sentido, marca un límite claro: hasta aquí llega el individuo, desde aquí comienza el cargo.
Desestimar estos símbolos como superficiales suele ser el primer paso hacia un deterioro más amplio. El desorden institucional rara vez comienza por las grandes decisiones. Casi siempre empieza por los gestos.
Lautaro Manríquez
Ingeniero