La diversidad de personajes en el primer gabinete de Kast —que integran desde derechistas tradicionales, pasando por abogados de Pinochet, hasta exconcertacionistas— podría leerse como un intento de pluralidad. Sin embargo, en esta aparente heterogeneidad lo que hay es un hilo común: el 62% de los ministros no milita en ningún partido político. Es decir, hay un acto deliberado de minimizar el rol de estos en el gabinete.
En torno al nuevo gobierno no se articula tampoco una coalición establecida de fuerzas políticas. En las últimas elecciones parlamentarias los partidos que hoy acompañan a Kast compitieron, y por momentos muy duramente, en listas separadas.
De lo que se trata, probablemente, es de fortalecer la figura presidencial, acrecentar la dependencia de los secretarios de Estado respecto de su superior y mantener a raya a los partidos en su presión por cargos e interferir en la conducción del Ejecutivo.
Es evidente que el discolaje parlamentario pulverizó el peso de los partidos como fuerzas ordenadoras del Poder Legislativo, pero este puede ser solo un aspecto que explique la decisión del gobierno de desmarcarse de ellos.
Quizás el asunto vaya por otro lado. En la presentación del gabinete vimos esfumarse la promesa electoral de reducir o fusionar ministerios. Probablemente, en el entorno de Kast se profundiza la idea de que los problemas son sectoriales y, por tanto, susceptibles de resolverse mediante acciones técnicas más que a través de gestiones multidimensionales, en las que se requiere el concurso de la política. Aun así, si los ministros técnicos van a enfrentar asuntos complejos y polémicos, deben al menos disponer de un alto peso comunicacional. Sin política ni comunicación les será difícil obtener éxito. O quizás, parafraseando a Milei —quien anunció en Davos la muerte de Machiavello—, se piense que todos los problemas pueden resolverse a partir de una analítica asociada exclusivamente a la racionalidad económica.
Si esa es la apuesta, anclada en obtener rápidamente logros —el llamado “gobierno de emergencia”—, se ve cuesta arriba. Problemáticas en torno a la seguridad, el medio ambiente, la planificación territorial, por nombrar algunas definitivamente cruciales, difícilmente encuentran solución sin abordajes que asuman su alta complejidad. Y ese es un ejercicio político. Ahora que es común exaltar la buena gestión de los primeros gobiernos de la Concertación, debe recordarse que estos fueron intensivos en gestión política, particularmente en torno al establecimiento de prioridades.
En nuestra historia reciente existen otros casos de diseños institucionales intensivos en personeros “sin partidos”. Todos fallidos. En el primer gabinete de Piñera, aunque había una coalición, hubo una cantidad importante de independientes (14). Ese equipo tuvo corta vida.
Un caso más reciente y evidente fue el de la Convención Constitucional de 2022 cuando, en la mayor apuesta por buscar figuras ajenas a los partidos, los chilenos eligieron a 103 independientes, de un total de 155, para representarlos en el diseño de una nueva Carta Fundamental. Todos sabemos cuán rotundamente fue rechazado ese proyecto.
Otro aspecto interesante de atender es que dos tercios de los integrantes del gabinete son debutantes en el sector público. Cuatro de ellos vienen de directorios de empresas, repitiendo el modelo de Piñera de integrar a personas provenientes del mundo de los negocios. Otros tienen trayectoria en los think tanks vinculados a la derecha. Lo que está por verse es si esas experiencias los habilitan para enfrentar exitosamente la complicada gestión estatal. Recordemos cómo el gobierno de Boric pagó caro la falta de experiencia de muchos de los designados en su primer equipo.
¿Qué lleva al nuevo gobierno a partir con una apuesta que ha demostrado ser riesgosa? Esperemos a ver.