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Editorial
Domingo 25 de enero de 2026
Boric y el ocaso oficialista
Tal es el corolario de un gobierno que, fracasado en sus desmesuradas pretensiones refundacionales, ha terminado abrazando un discurso de normalización que intenta justificar con esa palabra sus pobres resultados.
Con un Presidente que, en el ocaso de su gobierno, observa impotente el quiebre de la alianza que alguna vez soñó dejar como legado, y un mandatario electo que ha hecho del anuncio de su gabinete toda una demostración de fuerza, ha sido esta una semana de revelaciones. Una en la que ha empezado a tomar forma el escenario en que se moverá la política en el nuevo ciclo que se iniciará el próximo 11 de marzo.
Muy distintas son hoy las cosas respecto de lo que pasaba hace solo cuatro años. Entonces, Gabriel Boric acababa de ser electo con el mayor número de votos hasta entonces conseguido (la marca la superó José Antonio Kast en diciembre), se hablaba de una Boric-manía y sus equipos teorizaban sobre un diseño de gobierno estructurado en círculos concéntricos, forma elegante de advertirle a la centroizquierda que no accedería al núcleo del poder. Ya muy lejos de aquello, ahora son esos a los que se pretendió excluir los que se toman la revancha. Y en ese sentido, la jornada del viernes pasado escenificó con crudeza la pérdida de poder de Boric, cuando su llamado a los partidos a ponerse “a la altura” solo suscitó indiferencia —si no franco enojo— entre las colectividades convocadas por el Socialismo Democrático para definir su ruta futura. De la cita quedó clara la opción por el camino propio y por la existencia de varias “oposiciones” frente a la administración Kast, en lugar de aquella coalición única que anhelaba el actual mandatario.
Tal es el corolario de un gobierno que, fracasado en sus desmesuradas pretensiones refundacionales, ha terminado abrazando un discurso de normalización que intenta justificar con esa palabra sus pobres resultados. Una gestión que parece ya ni siquiera generar convicción entre sus responsables, como lo demostró la facilidad con que el mismo Boric marcó distancia de la Ley Naín-Retamal apenas se levantó la izquierda para criticarla. Esa actitud y los debates de estos días en el Frente Amplio, el partido del mandatario, han puesto además en duda la tesis del “aprendizaje”, según la cual la experiencia de ser gobierno habría hecho “madurar” al sector y abandonar los excesos ideológicos. No se trata solo de las posturas radicalizadas que siguen sosteniendo algunos —un documento presentado al comité central frenteamplista se lamentaba de que “gobernar no constituye, por sí mismo, una garantía de control sobre el poder económico, judicial, mediático ni cultural”—, sino que hasta el propio Presidente asegura que sigue creyendo que “hay que terminar con las AFP”, las mismas que su reforma previsional fortaleció.
Con ese panorama, sumado al de un Partido Comunista cuya dirigencia ha hecho de la derrota de Jeannette Jara una oportunidad para insistir en sus más retrógrados dogmas, parece razonable la opción que adoptan quienes alguna vez integraron la Concertación. Con todo, por saludable que sea el intento de la centroizquierda por recuperar su identidad, no está claro cuál ha sido su propio aprendizaje. Hoy, luego de una derrota electoral estrepitosa y cuando estar asociados a la administración Boric trae poco crédito, marcar distancia no es difícil. La pregunta es si se sustenta en una reflexión genuina o en la conveniencia. Porque, aunque sea incómodo para el Socialismo Democrático o la DC recordarlo, ellos en 2019 también reivindicaron la “vía de los hechos” y en 2022 se jugaron por aprobar la propuesta constitucional de la Convención, argumentando que estar en contra —la alternativa que prefirió el 62% de los chilenos— “era aún peor”, al decir de la exministra Carolina Tohá.
Kast, noticia en desarrollo
Mucho se ha comentado y escrito desde que el Presidente electo, José Antonio Kast, anunciara su gabinete el pasado martes. Se ha hablado de la señal de autoridad que ha dado no solo al optar mayoritariamente por figuras independientes, sino —sobre todo— al prescindir de los partidos en el diseño del equipo; de las muchas apuestas que hay en el elenco presentado (inclusión de profesionales destacados en sus rubros, pero sin experiencia política; nombres disruptivos como la futura ministra de la Mujer, contra quien la izquierda ya ha iniciado una inaceptable campaña de cancelación), o de la amplitud exhibida, por ejemplo, al incorporar a exministros de las administraciones Lagos y Bachelet. Cualquier análisis, sin embargo, resulta por ahora incompleto. Cuando faltan las designaciones de subsecretarios y de todo el elenco de la “segunda línea”, la composición del futuro gobierno de Kast sigue siendo una noticia en desarrollo. Solo una vez despejadas esas incógnitas, podrá evaluarse si esos nombramientos permiten equilibrar los déficits políticos en ciertos ministerios y aportar la experiencia de Estado que en muchos casos se echa en falta.
Todo ello puede ser especialmente relevante frente a las preguntas que han surgido, por ejemplo, sobre el peso del futuro “segundo piso”, el papel y real poder que tendrá el área política del gabinete, el grado de exposición de la figura presidencial y las posibilidades de construir una verdadera coalición que le dé sustento parlamentario al Ejecutivo. Desde ya, la fallida experiencia de las distintas “almas” que dividieron y mantienen en crisis al actual oficialismo debiera ser aleccionadora.