Una de las consecuencias más desastrosas que se han seguido de la desconexión de la disciplina de la economía de sus raíces humanistas y, más específicamente, de la filosofía moral de la cual surgió, es su absoluta absorción por la lógica utilitarista.
Por utilitarismo podemos entender una forma de ver el mundo carente de principios a priori, enfocada nada más que en la consecución de determinados resultados. Los utilitaristas, sean liberales o socialistas, se distinguen por los objetivos que pretenden conseguir, pero no por cuestiones de principios. Si la intervención estatal —la coacción— resulta superior para conseguir un cierto fin, el economista liberal-utilitarista la va a preferir; si no, probablemente no. Como es obvio, el socialista la va a preferir siempre, porque su objetivo final es el control total del Estado sobre la vida social. Mas esta no es una diferencia esencial, pues si fuera el caso de que el mejor resultado desde el punto de vista de la eficiencia y bienestar social se lograra mediante un sistema socialista, el economista liberal-utilitarista lo aprobaría.
Pocas áreas reflejan mejor esta mentalidad antihumanista que la discusión tributaria. Resulta alarmante observar que ningún economista invoca argumentos de principios para discutir, por ejemplo, las contribuciones de bienes raíces o el nivel de tributos en general. Inmersos en la lógica utilitarista y basados además en una serie de supuestos económicos de modelos más que cuestionables, giran en torno a los efectos que tendrán alzas o bajas de impuestos en la recaudación fiscal, el impacto en la política social o los indicadores agregados de bienestar.
Más allá de que es evidente, desde la misma lógica utilitarista, que el problema en Chile es el metastásico Estado con su corrupción desatada y despilfarro sin límites, lo que nadie se cuestiona es algo mucho más fundamental: a saber, si acaso es justo o no cobrar impuestos. El filósofo Robert Nozick afirmó que, si es cierto que las personas tenemos derechos naturales anteriores al Estado que incluyen la vida, la libertad y la propiedad, entonces toda la discusión debe girar en torno a la pregunta de si es legítimo violentar esos derechos. Dado que los impuestos son un ejercicio de violencia de parte de la clase dominante —el Estado— sobre los ciudadanos, estos necesariamente violan derechos fundamentales como el de propiedad y el de libertad, afirmó Nozick.
Ahora bien, el argumento de que gracias a los impuestos se pueden financiar necesidades de otras personas —educación, salud, etc.— es inaceptable como justificación para violentar derechos fundamentales, pues, como diría Immanuel Kant, nadie puede ser utilizado como un medio para satisfacer fines ajenos sin ser agredido en su dignidad como ser humano. ¿Podemos legítimamente obligar a una persona a trabajar x cantidad de horas gratis a la semana para otros porque estos lo necesitan? Obviamente no. Se podrá decir que es una utopía tener una sociedad sin impuestos. Puede ser, pero ello no significa que estos dejen de ser moralmente malos y que tal vez solo encuentren una débil justificación cuando se aplican para mantener un Estado mínimo que garantiza seguridad interior y exterior.
En este caso, la paradoja sería que una agresión limitada sobre la libertad y propiedad individual permitiría asegurarla si es el caso de que hay un real Estado de Derecho que protege nuestros derechos fundamentales del ataque de terceros y del mismo Estado. Este problema moral no es simple de resolver para los liberales clásicos y bien se podría decir, parafraseando a Thomas Paine, que los impuestos son, en el mejor de los casos, un mal necesario, y en el peor, uno intolerable. Lo que es claro es que, siendo un mal desde el punto de vista moral, debemos necesariamente apuntar a reducirlos al mínimo posible. Los utilitaristas de todos los colores, en cambio, no conocen límites a los impuestos basados en criterios morales. De ahí que se nieguen a eliminar las contribuciones o que se proponga su eliminación para mayores de 65 años, nuevamente bajo argumentos de utilidad social que resultan dudosos incluso en su propia lógica.
Pero una posición coherente desde el punto de vista moral implica su total eliminación para todos por razones de justicia y más aún por el hecho de que son dobles impuestos. Esta reflexión, sin embargo, es prohibida en economía, una ciencia cuya miseria consiste precisamente en que ha olvidado casi por completo que lidia con seres humanos con dignidad y derechos y no con elementos propios de las ciencias naturales.
Pero una posición coherente desde el punto de vista moral implica su total eliminación para todos por razones de justicia y más aún por el hecho de que son dobles impuestos. Esta reflexión, sin embargo, es prohibida en economía, una ciencia cuya miseria consiste precisamente en que ha olvidado casi por completo que lidia con seres humanos con dignidad y derechos y no con elementos propios de las ciencias naturales.