En un artículo publicado en un diario penquista hace cien años, su autor admitía que Estados Unidos era el país más rico del planeta y el más progresista. Lo que no podía aceptar, sin embargo, era que “el yanqui pensara que su país era lo único que valía en el mundo”. En esos inicios del siglo XX tanto en Chile como en buena parte del mundo, Estados Unidos comenzaba a instalarse en el imaginario colectivo como sinónimo de progreso, eficiencia y futuro. No se trataba únicamente de una potencia económica en ascenso, o un modelo cultural que se filtraba por múltiples canales ¯la prensa, la música, el cine, la publicidad¯, sino también de un referente político asociado a la estabilidad democrática. Por un lado, prometía una vida marcada por las oportunidades, el orden y la prosperidad; por otro, encarnaba valores como la meritocracia, la eficiencia productiva, la solidez institucional y el respeto por el individuo.
Junto con la admiración, se levantaron voces de preocupación o de abierta crítica hacia lo que comenzó a denominarse “norteamericanización”. Prueba de esto es un libro publicado en Londres en 1902, American Invaders, donde su autor describía una amenazante invasión americana del continente europeo. Advertía que Estados Unidos no solo estaba compitiendo con éxito en la exportación de productos manufacturados, sino que estaba desplazando a las industrias europeas y apropiándose de mercados dominados hasta entonces principalmente por el Reino Unido. Explicaba este vertiginoso ascenso a partir de la asociación entre empresas, el uso sistemático de la publicidad comercial, la compra de patentes, la fuerte inversión de capitales y el desarrollo tecnológico. Pero también, y no menos importante, lo atribuía a factores culturales asociados al tipo de educación, el rigor en el trabajo, el espíritu empresarial y la apertura a nuevas ideas.
En Chile, esta imagen de Estados Unidos como “país del mañana” fue reforzada por los relatos de viajeros que en esas primeras décadas del siglo XX describieron su experiencia como un verdadero “viaje al futuro” e incluso como una travesía “interplanetaria”. Aunque muchos de estos testimonios incluían observaciones críticas sobre el ritmo de vida o los excesos del materialismo estadounidense, predominaba la fascinación ante una sociedad que parecía haber resuelto problemas que en Chile seguían abiertos. En un contexto marcado por la inestabilidad política, la rotativa ministerial, la crisis económica y una creciente conflictividad social, la democracia estadounidense era vista por amplios sectores como modelo digno de emulación.
En estos días, y tras un siglo de “norteamericanización”, la pregunta se impone casi de manera inevitable: ¿sigue siendo Estados Unidos el símbolo del futuro? En la coyuntura actual su imagen como emblema del progreso, la libertad y la democracia parece atravesar un momento de tensión y redefinición. La profunda polarización interna, los cuestionamientos al funcionamiento de sus instituciones y el impacto global de algunas de sus decisiones políticas y económicas, aparentemente han erosionado parte del consenso que durante décadas sostuvo su autoridad simbólica. Tampoco contribuyen a ello las apocalípticas imágenes, que circulan por noticieros y redes sociales, de hombres y mujeres vencidos por las drogas y que parecen zombis sacados de películas distópicas. Además, un país que ha construido su grandeza en gran parte gracias a la inmigración, en estos días parece representar una amenaza para su crecimiento, su identidad y su seguridad.
Sin embargo, sería apresurado reducir estos escenarios a una narrativa de decadencia. La solidez de su entramado institucional, la vitalidad de su sociedad civil, la libertad de expresión y su capacidad de innovación científica y tecnológica son algunos de los pilares de su fortaleza. Es cierto que Estados Unidos se halla en un proceso abierto, atravesado por múltiples contradicciones e incertidumbres, pero estas no solo son reflejo y producto de su situación interna, sino también de un contexto internacional y generacional cambiante. El futuro de sus ideales fundacionales dependerá no solo de su poder material, sino también de su capacidad para encarnar y fortalecer a nivel global los significados mismos de progreso, libertad y democracia que durante tanto tiempo proyectó hacia el mundo.