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Editorial
Jueves 22 de enero de 2026
¿Inteligencia artificial como juez?
Sus respuestas en materias no objetivables carecen de una validez mayor a la del juicio de cualquier persona.
La inteligencia artificial actualmente en uso tiene una extraordinaria capacidad para extraer patrones de similitud entre infinidades de datos, aprender complejos juegos sin conocer sus reglas y luego ganarle en ese juego al mejor de los humanos, o generar textos, imágenes o videos a partir de preguntas hechas por humanos sobre prácticamente cualquier tema, con sorprendente precisión. Esto es lo que le ha conferido un tremendo atractivo, ha valorado a las compañías que la ofrecen en cientos de billones de dólares y está impulsando gigantescas inversiones en energía y centros para almacenar datos que permitan seguir incrementando su uso.
De allí que resulte interesante examinar el debate generado en la sección de Cartas al Director de este diario, relativo a la calidad o validez de la evaluación que un programa de inteligencia artificial pueda hacer respecto de lo logrado, por ejemplo, por el gobierno de Gabriel Boric durante su mandato, y cómo lo compararía con lo que habría hecho un presidente distinto en ese mismo período. O quizás, y dicho de manera más general: ¿Puede la inteligencia artificial ser utilizada válidamente como juez para valorar cualquier situación que se dé en la sociedad? ¿Podrá esta llegar a sustituir el juicio que las personas tengan respecto de materias políticas o morales, transformándose de esa manera en el referente que resuelva esos temas?
Según el alcance que se le quiera dar a esas preguntas, sus respuestas podrían variar, especialmente dependiendo de los avances que consiga la IA en los próximos años o décadas, algo que resulta difícil de anticipar. Sin embargo, hay afirmaciones que hoy sí se pueden hacer. Lo que la inteligencia artificial generativa asevere depende de los datos con que ha sido entrenado su modelo de lenguaje, y estos podrían contener sesgos o prejuicios. Eso ya pone un límite a la posible validez universal de sus respuestas. Por otra parte, en materia de juicios, hay algunos que las personas hacen cuyo acierto o yerro depende de la calidad y precisión de los datos o la información en la que se basen, es decir, son relativamente objetivables. Por ejemplo, si se pregunta por el ranking de los países respecto de distintas variables o combinaciones de variables. Para ese tipo de juicios, a un humano le resultará cada vez más difícil superar la precisión que la IA pueda alcanzar en esas materias, así como ya le resulta imposible superarla en el ajedrez. Pero hay otros —un ejemplo sencillo podría ser cuáles países son los que tienen una mejor calidad de vida— cuya respuesta depende de las particulares preferencias que cada persona tenga con relación a ello, o incluso, de qué es lo que entiende específicamente por calidad de vida. Para ese tipo de juicios, o para otros más sofisticados y complejos que los del ejemplo anterior, las respuestas que la IA entregue, aun cuando esté basada en información inconmensurablemente mayor que la que cualquier humano maneje, solo reflejará el particular punto de vista que esta haya adquirido en ese ámbito, y no tendrá más validez que las diferencias de juicio que tengan las distintas personas entre sí en relación con lo mismo.
Ese límite ha hecho que en las sociedades modernas las disímiles preferencias que las personas tienen en relación con la política se tiendan a resolver democráticamente, es decir, mediante reglas de mayoría, y que los conflictos entre particulares o entre instituciones sean resueltos por jueces, también basados en reglas o normas, que procuran evitar que sus juicios sean influidos por los sesgos de los intervinientes. Con todo, los resultados que surjan de las urnas o de las sentencias judiciales nunca tienen un valor absoluto, como el que sí tiene un teorema matemático. Del mismo modo, los juicios de la IA, por más que estén fundados en una abismante capacidad de cálculo sobre una sideral cantidad de información, tendrán un límite similar.