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Editorial
Miércoles 21 de enero de 2026
La apuesta del Presidente electo
El futuro mandatario ha optado por un diseño que lo muestra decidido a ejercer su autoridad, pero que también lo expone.
En un acto especialmente sobrio —no podía ser de otra manera cuando el país vive la tragedia de los incendios en el sur— y casi sin sorpresas —la excepción, la bajada a último minuto de quien iba a ser titular de Minería—, el Presidente electo, José Antonio Kast, nominó anoche a su primer equipo ministerial. Confirmó así su opción por un diseño inédito en 35 años de democracia. Contrario, sin embargo, a lo que pudiera asomar a primera vista, el rasgo verdaderamente novedoso de este diseño no es el abrumador predominio de figuras independientes, sino el disminuido —o nulo, a decir de algunas voces— papel jugado por los partidos políticos —incluida su propia colectividad— en el proceso de nombramientos. Se revela así a un gobernante decidido a ejercer plenamente su autoridad, apostando por designaciones que no eran obvias y en las que se juega parte relevante de su capital. Ello será probablemente valorado por una ciudadanía que desconfía fuertemente de la política, pero involucra no pocos márgenes de riesgo, al descansar tan decisivamente en la figura presidencial y en su estrecho núcleo de asesores.
En cualquier caso, debe reconocerse que Kast ha impreso un sello en esta designación y que una característica de este ha sido la opción por la excelencia, integrando a profesionales de destacadísima trayectoria y que, en el caso de la mayoría de las carteras sectoriales, cuentan con acabado conocimiento de los problemas a abordar. Interesante es también la manera en que se ha hecho cargo de los profundos cambios experimentados en el mapa político chileno: contrario a cualquier prejuicio, el futuro Presidente ha traído a su equipo a dos exministros de la Presidenta Bachelet (Jaime Campos y Ximena Rincón), y a otras figuras no vinculadas con las vertientes tradicionales de la derecha. Cabe además valorar que no haya prosperado la mala idea de designar a parlamentarios recién electos en cargos ministeriales, lo que, junto con su complejo alcance institucional, hubiera significado abrirse gratuitamente un flanco. En cuanto a la nominación de una hasta ayer fiscal del Ministerio Público al frente de Seguridad, es una decisión que de seguro suscitará legítima discusión respecto de su conveniencia, pero sin los alcances que implicaba la designación de un parlamentario; desde luego, no hay aquí un mandato ciudadano defraudado. Con todo, dada su experiencia y las características de la cartera, la situación de la exfiscal Steinert en algo se asemeja al caso del exministro Mario Marcel en 2022, cuando dejó la presidencia de otra institución autónoma (el Banco Central) para asumir Hacienda.
Pero, junto con los evidentes activos que ofrece este equipo, se vislumbra como una debilidad relevante la falta de experiencia política y de redes en ese mundo de una parte de sus integrantes. Para un gobierno que no tendrá mayoría en ninguna de las cámaras y que —a la luz de las señales de la izquierda en las últimas semanas— probablemente enfrentará una oposición dura, aquello puede ser un problema complejo, agudizado si no logra resolver con prontitud las heridas que ha dejado la propia configuración del gabinete en su sector. La desordenada votación de los parlamentarios de derecha en la discusión del reajuste ha sido en parte un efecto de esa molestia y también un anticipo de los riesgos que supone un proceso de decisión del que los partidos se sientan marginados. En especial, considerando que el propio diseño escogido no facilita la conformación de una coalición efectiva en la que el Gobierno pueda apoyarse. El equipo político nominado, encabezado por dos exparlamentarios de vastísima experiencia y talento negociador, cuenta con capacidades para despejar esos riesgos, pero fundamental será el que se lo perciba efectivamente empoderado para la tarea. Las próximas designaciones de “segunda línea” debieran no solo contribuir a equilibrar políticamente aquellas áreas donde pueda haber déficits de esa índole, sino también aportar conocimiento práctico sobre el funcionamiento del Estado, fundamental para un gobierno que se concibe de emergencia y que, por lo mismo, no puede perder tiempo en hacer andar la compleja maquinaria pública.
Más aún, en un gabinete tan marcado por la impronta personal del futuro Presidente y en el que está en juego su propia capacidad para responder a las altísimas expectativas que se ha formado la ciudadanía respecto de su gestión.