Si armar una buena directiva para un centro de alumnos es una tarea muy desgastadora, imaginemos cuánta energía ha consumido la conformación del gabinete. Cientos de sugerencias, decenas de entrevistas, muchas reuniones de análisis, aguantar una que otra campaña destinada a descalificar a algún candidato.
Personas. Se insistió desde un primer momento en que se buscaría a las más adecuadas, más allá de afiliaciones y trayectorias. Quien crea que no ha sido así, tendrá que dar buenos argumentos para sostener su crítica y, seguramente, lo hará careciendo de buena parte de los antecedentes que justifican los nombramientos. En esta etapa, es mucho mejor callar, hasta que haya pasado el suficiente tiempo como para poder juzgar. Si a cada elector del nuevo gobierno le gustan o no este o aquel ministro es cuestión muy personal, que exige prudencia. Qué bueno sería postergar esa tan chilena tendencia a vincular el “yo lo conozco” de hoy, con un “yo te lo dije”, en pocos meses más. Dárselas de iluminado criticando hoy, solo sirve para poder aumentar el ego mañana.
Pero esta recomendación —hablar solo en instancias donde la opinión sobre algún ministro pueda ayudarlo en su labor— es perfectamente compatible con sugerir públicamente cuáles han de ser algunas de las tareas más relevantes de su gestión. En vez de descalificar, cabe recordar las metas del programa del Presidente Kast, y otras que ahora puedan encontrar nueva fuerza.
¿Para qué callar que la tarea en Educación va a requerir una gran sujeción a principios sólidos y una valentía equivalente para llevarlos a la práctica? Habrá que privilegiar la educación preescolar y la básica; recuperar a los padres como primeros educadores, y su derecho a participar en la elección y en el financiamiento de los colegios; descargar a los directores de mil tareas inútiles; fortalecer la autonomía de los proyectos educativos; corregir los defectos de los SLEP y evitar que el FES pueda significar el fin de la libertad universitaria; recuperar el clima educativo en los establecimientos públicos sometidos a los overoles blancos; abordar las amenazas de la cancelación y del tratamiento de los niños como objetos sexualizados, etc., etc.; en fin, la cuesta va para arriba.
¿No va a verse el Ministerio de la Mujer frente a grandes desafíos, también? Por supuesto. Tendrá que plantearse mejores fórmulas para la ardua tensión femenina entre hogar y trabajo; deberá concretar las ayudas —no solo materiales— que incentiven la maternidad y que hagan del aborto una opción indeseable; habrá de abordar la creciente disputa sobre la igualdad con respeto a las diferencias entre mujeres y hombres, mostrando toda la enorme virtualidad positiva de esa distinción. Se requerirá feminismo del bueno.
Y, por supuesto, el reto en Cultura es de marca mayor. La cartera ha sido cooptada por las izquierdas. Plantas, programas, concursos y asignación de recursos, todo ha servido a los mismos propósitos transformadores de la primera Convención Constitucional. Y ahí siguen esos empeños, enquistados en estructuras bien financiadas, mientras pareciera que lo único importante es la discusión sobre una casa patrimonial por aquí y un monumento por allá. Para el nuevo ministro se abre la posibilidad de quedarse en esta superficie y decorar así amablemente su gestión, o entrar en la profundidad de la captura, y desmontarla. No hará falta una motosierra, pero sí un fino bisturí y mano muy firme al operar.
No cabe duda de que se le podría plantear análogas responsabilidades a cada uno de los futuros ministros. Todos y cada uno cargarán una pesada mochila, pero lo que no corresponde es descartar de antemano la capacidad que tengan de llevarla. A los seis meses, ahí sí, ahí hablamos.