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Editorial
Martes 20 de enero de 2026
Los ministros del próximo Presidente
Evitar escenarios que dejen al mandatario políticamente desprotegido debe ser una consideración clave en el diseño.
La confección del gabinete de un nuevo presidente genera altas expectativas y las especulaciones sobre quiénes ocuparán dichos cargos son habitualmente generosas. El nombramiento que se concretará hoy no ha sido la excepción. Quizás la mayor diferencia es que los nombres que ocuparán las distintas reparticiones ministeriales han circulado con mucha libertad y no ha habido mayores intentos por mantener la confidencialidad en el proceso. Parece haber dos explicaciones. Por una parte, el desarrollo de dicho proceso ha estado muy concentrado en el Presidente electo y su equipo más cercano, y no parece haber existido una petición expresa por mantener el secreto. Por otra, los partidos no han tenido mayor acceso a esa deliberación, lo que ha generado una tensión relevante —si bien acotada— que habitualmente invita a las filtraciones. Esto último no parece en sí mismo grave, pero revela que la nueva administración deberá estrechar lazos con las colectividades que le han dado su apoyo.
Ese contexto ha permitido —posiblemente, sin que fuera el objetivo— que los nombramientos hayan sido sometidos a un grado de escrutinio importante, llevando al futuro mandatario, incluso, a enmendar algunas de sus decisiones iniciales. Con todo, su imagen no pareciera haberse visto afectada y parte en un muy buen pie, a la luz de lo que muestran las encuestas. Esto revela que la mayoría de la ciudadanía confía en que José Antonio Kast va a desarrollar una gestión que enfrentará con eficacia los desafíos involucrados en su gobierno de emergencia. Los nombramientos ministeriales, entonces, deben evaluarse a la luz de su capacidad para llevar adelante las tareas necesarias para instalar ese enfoque y proyectarlo durante los cuatro años de gobierno.
Es a propósito de esta aspiración que han surgido algunas inquietudes. Desde luego, las dificultades que han trascendido para definir al responsable del Ministerio de Seguridad —cartera clave para el nuevo gobierno— dan cuenta de los tropiezos que puede encontrar una estrategia política, aun si está apropiadamente internalizada en el círculo más cercano al Presidente entrante. Además, se trata de una repartición que debe articularse estrechamente con otros ministerios para potenciar su labor. La organización del Estado chileno en torno a silos es un obstáculo habitual para ese propósito. De ahí la importancia de una cierta comunión política en los cargos clave. Pero la preferencia por independientes sin trayectorias compartidas puede tornar aquello más difícil y requerirse, por tanto, un trabajo de coordinación muy relevante del propio Presidente, apoyado en su ministro del Interior y su círculo más cercano de asesores.
Sin embargo, ello puede ser insuficiente. La necesaria renovación de equipos que —salvo excepciones en ministerios políticos y en algunos sectoriales específicos— parece estarse privilegiando en el diseño que ha trascendido tiene indudables ventajas, pero también representa riesgos innegables asociados a la escasa experiencia política de muchos nominados y a la poca cercanía con los partidos de los que se espera apoyo legislativo durante la próxima administración. Por cierto, el Congreso también ha experimentado una renovación relevante que ayudará a equiparar ambos poderes, pero en un régimen presidencial los gobiernos asumen con altas expectativas y la experiencia reciente sugiere que los Presidentes pueden perder muy rápido su popularidad inicial, lo que reduce su poder de negociación frente a los parlamentarios. Por ello, una tarea central del Presidente electo, de sus asesores más cercanos y de los ministros más experimentados será darle una mayor densidad política al futuro gabinete.
Ello requiere, por una parte, afinar la estrategia de gobierno y cohesionar al grupo de ministros en torno a ella, sin perjuicio de que cada uno tendrá desafíos sectoriales propios. Por otra, establecer los lazos con los aliados efectivos y potenciales en el Congreso, de modo de sostener una agenda de reformas y un discurso ampliamente compartidos. Sin un gabinete con gran prestancia política, un Presidente queda desprotegido frente a las críticas de los adversarios y debilita su capacidad de ejecutar las políticas que le ha encomendado la ciudadanía, con lo que termina inevitablemente perdiendo apoyo. Evitar tal escenario es una tarea insustituible de todo gabinete de ministros. En la decisión de su conformación este asunto no puede estar ausente.