La guerra va con la sociedad humana, lo mismo que la paz. Esto incluye tanto a las altas civilizaciones como a las prehistóricas. Se ha sostenido que la guerra es un “invento” de las civilizaciones. Investigaciones robustas han mostrado que también era común en los pueblos arcaicos.
En estas últimas décadas, la persistencia de la guerra ha provocado un nuevo interés académico en ella. Un estado de la cuestión se encuentra en el último número de los Anales del Instituto de Chile (2025), “Ensayos sobre guerra y conflicto”, editado e introducido por Fernando Lolas. Las guerras entre Estados o naciones venían disminuyendo en número desde el siglo XIX hasta parecer una anomalía; y ahora vuelven a estar sobre el tapete, en especial por el ataque ruso a Ucrania. León XIV ha dicho con desconsolación que “la guerra está de moda”. Esto explica el renovado interés en pensar la guerra como patología.
La guerra ha sido un elemento casi estructural de la historia humana. Se debe ampliar a la idea de conflicto organizado con sentido político, como las guerras civiles, o las rebeliones étnico-culturales de minorías cuya finalidad tendría consecuencia política, como el rosario de poblaciones kurdas levantiscas esparcido por amplio abanico de países en el Medio Oriente, Turquía e Irán. Para qué decir de algunas zonas ciegas del mundo, como África negra.
Por milenios la guerra ha constituido en el peor de los casos un azote asumido como parte de la historia natural. Con todo, como observaba Heródoto hace 2.500 años, la paz es cuando los hijos entierran a los padres; la guerra, cuando los padres entierran a los hijos. ¿Qué se quiere decir? Que a pesar de la afirmación del papel del héroe bélico a veces como indispensable espíritu de defensa, existía una noción subyacente del infortunio e irracionalidad de esta matanza organizada entre los humanos. En contrapartida, la guerra es la acompañante inseparable de la paz, o al revés según se quiera; y hay procesos de paz más civilizados que otros.
En la modernidad, por primera vez en la historia humana emergió una conciencia distinta, la de la necesidad moral y práctica de la paz y el rechazo de la guerra. La idea de la paz surge en varios tratados teóricos del siglo XVIII, de los cuales el más famoso es el de Kant, La paz perpetua (1795), combinación mezcla de realismo civilizado y de utopía. Expuso una de las pocas regularidades de los estudios internacionales, jamás ley: que las democracias no hacen la guerra entre sí, de validez parcial en los siglos XX y XXI. La otra regularidad, casi infalible, es que los conflictos tienen un origen último en una crisis interna de algún Estado, ya sea de los contendientes o de un tercero, que cambia el equilibrio.
La terrible paradoja es que el siglo XX presenció las guerras quizás más horrorosas de la historia, y la posibilidad nada fantasiosa del autoexterminio de la humanidad. Hay que poner en la balanza a las bandas mafiosas que no obedecen a ningún Estado y que revelan un estilo militarizado de combate, despojadas de todo escrúpulo, en especie de atavismo. Aunque no delincuencial en sentido fuerte, la violencia que acompañó al estallido mostró una gran capacidad de autoorganización paramilitar y gozo de la violencia. Se la rechaza pero por una especie de transferencia emerge como propósito, tal cual en esos días del 2019.
¿Estamos condenados a soportar este fenómeno? No hay guerra sin referencia a la paz. Pero cómo evitarla no tiene receta segura. El antiguo dicho latino “si quieres la paz, prepárate para la guerra” tiene un rasgo de verdad y mucho de tentación falaz. Mejor, si quieres la paz, intenta comprender la guerra.