La libertad, así como las ideas que esta conlleva, no son una meta inalterable, sino una construcción histórica y frágil, que puede perdurar o deteriorarse según los cuidados que reciba. Ninguna sociedad hereda intacto y sin riesgos su orden libre: cada generación debe sostenerlo, renovarlo y, especialmente, relegitimarlo.
En distintas épocas, nuestro país ha conocido largos períodos en que la libertad económica promovió la creación de empresas, la generación de empleo de calidad, el acceso a la educación, la innovación y una consecuente movilidad social sustentada en la meritocracia y el acceso a nuevas oportunidades. Estos procesos no han sido automáticos ni meramente naturales. Se valieron de instituciones, reglas claras, confianza y de una cierta idea compartida de que el esfuerzo y el riesgo valían la pena. Cuando esa idea se debilita, la libertad comienza a perder defensores.
Quienes hemos prosperado en un país libre sabemos, aunque rara vez se explicite, que el éxito no es solo mérito individual. Es también el resultado de un entorno —lamentablemente, reducido— que hizo posible emprender, invertir y crecer. Por eso, el éxito genera una responsabilidad particular, no impuesta por la ley, sino nacida de la realidad, una responsabilidad que es asimétrica y proporcional al beneficio recibido.
Contribuir a la sociedad más allá de la propia empresa no es filantropía, entendida como caridad, ni tampoco es corrección política. Es una forma de realismo. La libertad económica no se sostiene solo con buenos resultados, necesita legitimidad social, cultura cívica, educación, pensamiento crítico y espacios de conversación pública donde esta se explique y se defienda.
Cuando los empresarios nos replegamos exclusivamente a nuestra gestión interna, que nos es más propia, el espacio público no queda neutral. Es ocupado por visiones que desconfían o ideológicamente rechazan el mercado, el mérito y la iniciativa privada. La neutralidad, en contextos desafiantes, es una ilusión cómoda.
Defender la libertad cuando esta gobierna no implica hacer política partidista ni reemplazar el rol del Estado, implica asumir un rol de custodios de un sistema que ha permitido el progreso; esto es, apoyando instituciones, ideas, formación cívica y debate de calidad; contribuyendo a que la libertad sea percibida no como un privilegio de algunos, sino como un bien común.
Esa percepción se desvanece cuando nuestros mensajes enfatizan el fomento a la inversión y la desregulación, siempre que ese proyecto no afecte mi propio vecindario. Se enturbia cuando la opinión pública percibe un cierto pauteo a las nuevas autoridades sin el suficiente cuidado de nuestras propias responsabilidades. Una administración proempresa y proinversión no puede percibirse como total libertad.
Las empresas pueden cambiar de dueño, venderse o desaparecer. La libertad, en cambio, solo sobrevive si hay quienes estén dispuestos a cuidarla cuando parece obvia y a defenderla cuando esto deja de serlo.
Por eso es que los empresarios también debemos ayudar donde el mercado no llega solo, pues la libertad no sobrevive sin apoyo. Debemos hacerlo en: ideas, educación, instituciones, narrativa, movilidad y cohesión social. Este es nuestro desafío y la responsabilidad de quienes más nos hemos beneficiado.
Luis Felipe Gazitúa