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Editorial
Domingo 18 de enero de 2026
Boric: decisión política, no error conceptual
La ligereza con que el Presidente está tratando sus obligaciones constitucionales puede anticipar algo de la conducta del futuro opositor Gabriel Boric.
El obstinado cuestionamiento público del Presidente Boric al veredicto judicial que absolvió al teniente coronel (r) de Carabineros Claudio Crespo —cuyo uso de la escopeta antidisturbios dejó ciego a Gustavo Gatica, en la violenta jornada de protesta del 8 de noviembre de 2019— es, ante todo, una determinación política del mandatario y puede ser premonitoria de su comportamiento a partir del 11 de marzo.
Los jueces consideraron que estaba acreditada la legítima defensa frente a la agresión que enfrentaba el oficial, pero el gobernante insiste en condenar “la impunidad” en que quedaría el caso. Apelando a consideraciones de “humanidad” y a una supuesta desproporción entre el daño sufrido por Gatica y la amenaza que habría enfrentado Crespo, el mandatario se desentiende de sus responsabilidades institucionales y arremete implícitamente contra los jueces que conocieron de la causa. El Presidente parece confundir la natural empatía que genera el desgarrador daño sufrido por Gatica con una justificación para sancionar al exoficial, independientemente de su responsabilidad legal. ¿Una suerte de “ojo por ojo”? ¿No fue el mismo planteamiento frente al carabinero que disparó y dio muerte, en Panguipulli, a un artista callejero que lo atacó?
Es paradójico que Boric sea tan categórico respecto de la dificultad del Presidente Trump para gestionar su subjetividad frente al ordenamiento institucional de EE.UU. y tan indulgente con su propia conducta en el nuestro.
Es innegable que el veredicto del caso Crespo dificulta el relato de quienes comparten una visión épica del estallido como una revuelta popular, y fortalece la de quienes lo definen como un intento violento por derrocar al presidente Piñera. La significación política que han adquirido situaciones de honda carga dramática, como la ceguera de Fabiola Campillai y de Gustavo Gatica, y el alineamiento político en que han derivado se manifiestan crudamente en la elección de Campillai o Gatica en las listas parlamentarias de la izquierda o del cabo Zamora en la lista de derecha.
Que el partido del mandatario, el Frente Amplio, le haya ofrecido inicialmente a Gatica un cupo para la elección de diputados —aunque finalmente fue electo por el PC— muestra el compromiso político y no estrictamente “humanitario” de Boric con esta situación. El Presidente está probablemente consciente de eso. Su planteamiento en el caso Gatica parece tan “estratégico” como su tardía calificación de dictadura de Cuba y de dictador de Fidel Castro, que rehuyó durante todo su gobierno. Ad portas de concluir su mandato y pensando en su proyección personal, ya no tiene sentido cuidar la relación con sus aliados del PC, y tampoco vale la pena cuidar las formas institucionales para referirse al veredicto del caso Crespo.
La ligereza con que el Presidente está tratando sus obligaciones constitucionales puede anticipar algo de la conducta del futuro opositor Gabriel Boric: una retórica inflamada de indignación moral, sin sujeción a sus propios actos, a la realidad ni a la institucionalidad democrática del país.
Kast y la difícil conformación de un gabinete
No ha carecido de ripios el proceso de definición del primer gabinete ministerial del Presidente electo, José Antonio Kast, que se anunciará este martes. Esto no debiera en principio sorprender, tratándose de la decisión tal vez más importante que toma un mandatario antes de asumir, y que involucra delicados equilibrios y señales. Además, al ser adoptada en ese “período de gracia” que media entre la elección y el inicio de una administración, comunica de forma especialmente nítida la impronta que quiera imprimírsele a un futuro gobierno.
No es así raro que estos procesos incluyan contramarchas y rebarajes. Lo inusual en este caso, sin embargo, ha sido observar, casi en tiempo real, una acumulación de estas situaciones, desde el episodio de la fallida oferta hecha al economista José Luis Daza hasta las dudas y conjeturas respecto de si el senador electo Carter aceptaría o no incorporarse, o los cambios de decisión respecto de la cartera de Defensa. Todo, sumado a las molestias que han dejado trascender los partidos políticos y que ha explicitado el Nacional Libertario. En medio del positivo ánimo ciudadano hacia la futura administración, es probable que estos desajustes no signifiquen hoy mayores costos, pero se trata del tipo de situaciones que, de reiterarse en el tiempo, generan desgaste político a los gobiernos y alimentan innecesarios conflictos.
En este sentido, parece pertinente el que se esté reevaluando el papel que jugarán los partidos. Es valioso que el futuro Presidente asuma una mirada suprapartidaria, como intérprete de un mandato ciudadano que lo insta a conformar sus equipos con quienes sean los más preparados en cada ámbito. Pero esa excelencia no se limita solo a exhibir capacidades técnicas, sino también políticas. La tentación de un “gobierno de gerentes” ha seducido históricamente al mundo de la derecha, pero la experiencia ha demostrado una y otra vez el fracaso de esa idea, más aún cuando no se cuenta con mayorías parlamentarias y, en cambio, impera la fragmentación.
Y si se añaden las preocupantes señales que ha dado la izquierda respecto del tipo de oposición que ejercerá, se evidencia la magnitud del reto eminentemente político que enfrentará el próximo gobierno y la necesidad de contar con figuras capaces de hacerse cargo de él.