Por Sebastián Claro
Nadie es indiferente al Presidente Trump. La izquierda lo rechaza —aunque comparta muchos de sus métodos y políticas— y una parte de la derecha en el mundo lo celebra con emoción. Hay algunas razones para este atractivo. Su confrontación a la ideología woke —que muchos abrazan en público y desprecian en privado— encuentra mucho eco por el rechazo que provocan las políticas identitarias, y su intrincado esfuerzo por normalizar la situación en Venezuela es valioso y necesario, ya que el impacto sobre el continente no aguanta más declaraciones anodinas.
Pero bien les haría a algunos sectores de la derecha enfriar el entusiasmo y mirar las cosas con más perspectiva. Después de todo, las luces conviven con las sombras —hasta que se vuelven inseparables—, y no hay mejor ejemplo que este. Son muchas las políticas que Trump está impulsando que son negativas para Estados Unidos y para el resto del mundo, y sería una mala noticia que el entusiasmo por algunas de sus políticas terminara percolando otras decisiones en Chile.
Dos ejemplos son suficientes para justificar una distancia suficiente con el método Trump. El ataque al presidente de la Reserva Federal deja al desnudo su baja consideración por la institucionalidad: en la medida que no me sirva, la torpedeo. Quizá Estados Unidos pueda resistir por un buen tiempo con este tipo de confrontaciones, pero ese no es el caso en países como Chile, donde las instituciones están en pleno proceso de consolidación.
Otro ejemplo es la grosera intromisión del Estado en las decisiones privadas. A estas alturas, el proteccionismo es un detalle al lado de los ejemplos diarios donde el gobierno negocia directamente con las empresas a cambio de favores. Los que hacen negocios en China reciben autorizaciones para seguir exportando que dependen de las decisiones domésticas que adopten. Grandes empresas son invitadas a la Casa Blanca para comentar sobre sus proyectos de inversión, siendo —implícita o explícitamente— amenazadas si no incorporan adecuadamente consideraciones político-estratégicas en sus decisiones.
Este capitalismo es tóxico. Si los negocios se evalúan en la casa de gobierno o si las instituciones presumiblemente independientes dejan de serlo, el resultado seguro es corrupción, falta de competencia y baja productividad.
La capacidad de juicio crítico escasea en estos tiempos. Las redes sociales nos empujan en una u otra dirección con pocos matices, como si uno tuviera que abrazar la totalidad de los postulados de algunos y rechazar la totalidad de lo que dicen los oponentes. Esta lógica debe ser rechazada en la educación —donde razonar sigue siendo la (difícil) tarea prioritaria— y también en las políticas públicas.